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Home  Opinión  Carlos Carnicero
 
Amenábar

Carlos Carnicero

01/03/2005

Cada Oscar del cine español es un ejercicio de puro talento exento de los medios de las grandes producciones. Podría decirse que cada Oscar español vale por media docena de estatuillas norteamericanas. Y la frecuencia con la que los realizadores españoles acceden al galardón más codiciado del cine comercial es una exhibición de emulación que nos debiera llenar a todos de orgullo y a las salas de exhibición de películas españolas de espectadores.

La historia que narra Amenabar en 'Mar adentro' ha tenido el mérito añadido de introducir un planteamiento terriblemente humano y polémico en un universo de integrismo como es la sociedad norteamericana actual -una parte importante de ella- en la que se puede entender el derecho de arrasar una ciudad como Faluya y a provocar cien mil muertos iraquíes, pero en donde es inaceptable que alguien tenga la capacidad legal de ser amparado en la extinción de una vida que ya no tiene disposición de ser digna. La eutanasia es una palabra maldita en la mayor parte de nuestro entorno y, en definitiva, la oposición al derecho a poner fin a la propia existencia, cuando las circunstancias médicas la hacen indecorosa, se justifica en que se puede impedir el suicidio de quienes están incapacitados hasta para llevarlo a cabo.

La película de Alejandro Amenabar tiene enfrente a la Conferencia Episcopal que tiene que estar erizada del reconocimiento internacional que significa un Oscar a un poema sinfónico de la tragedia humana de quien no quiere vivir más en las condiciones que la naturaleza le ha situado y la Iglesia y la sociedad le obligan a un padecimiento prolongado más allá de su disposición a terminar con él.

En el otro extremo del Oscar de Amenabar está el sufrimiento del Santo Padre que se desliza por el desgaste de su propia vida en un espectáculo televisado en directo que para unos es ejemplo de templanza y sacrificio y para otros la demostración de las estructuras obsoletas de la propia Iglesia Católica para modernizar y democratizar sus órganos de dirección. Yo no quiero que el Papa ponga fin a su vida para sufrir menos e incluso respeto su decisión de que asistamos todos a su agonía en pleno ejercicio del poder de la Iglesias. Solo pido un poco de tolerancia para los que la vida solo tiene sentido con un mínimo de dignidad.

OTR/PRESS
 


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