Miopía y ceguera
Ramón Pi
03/03/2005
Primero: La reacción de Artur Mas ante la acusación del 3 por ciento lanzada por el socialista Pasqual Maragall fue estrictamente política: "Usted ha enviado la Legislatura a hacer puñetas". Y le indicó que, si se retractaba y pedía perdón, las cosas volverían al paisaje del oasis catalán famoso. O sea, Mas agarró metafóricamente las partes blandas de Maragall, y, como el paciente del dentista del chiste que hacía sonar su inquietante torno, le preguntó: ¿Verdad que no nos vamos a hacer daño? Esto quiere decir que Maragall únicamente teme una confrontación electoral, y, lo que es más alarmante todavía, que Mas lo sabe. Si todos nos callamos, aquí no pasa nada; pero si alguien habla, se fuerzan las elecciones. La peor de las amenazas. Naturalmente, cualquier parecido de este episodio con la democracia es pura coincidencia.
Segundo: los mejilloneros gallegos han proclamado en la comisión parlamentaria 'ad hoc' que las consecuencias del desastre del Prestige en su sector fueron catastróficas, y que necesitan más dinero para recuperar las cifras de negocio de antes de la fuga de fuel. Aseguraron que los mejilloneros fueron los "héroes" de aquellas semanas, y criticaron a los partidos políticos por su "división". Esto quiere decir que hay elecciones cerca en Galicia, y que los mejilloneros han visto lo que pasaba con Pilar Manjón y las víctimas del 11-M. Uno de los representantes mejilloneros dividió a Galicia en dos: "una dependiente, y otra abandonada". Por lo visto, se sienten abandonados y quieren pasar a la categoría de dependientes.
Los políticos acreditan en cuanto tienen ocasión una miopía enorme, que les impide ver más allá de sus narices electorales, o, mejor, electoreras. La gente se ha dado cuenta de eso, y aprieta por ahí, pero lo hace de tal modo que se está poniendo a sí misma la soga al cuello: pide subvención, y no ve, porque está ciega, que eso la convertirá en espectadora de su propia vida. Qué pena.
OTR/PRESS