Europa
Rafael Torres
18/02/2005
Las urnas demandan hoy un "Sí" o un "No" en el referéndum sobre el Tratado de la Constitución Europea, pero es muy probable que la mayoría de las papeletas de uno y otro signo que los ciudadanos introduzcan en las cajas transparentes contengan la realidad, un "psé". Es decir, un ni sí ni no, sino todo lo contrario, o bien un no pero sí, o un sí pero no. Porque según sabemos, tantas razones hay para refrendar ese proyecto de Constitución como para rechazarlo, para considerarlo un paso adelante como un paso atrás, para ver en él un instrumento válido de progreso y unidad como una carta regresiva o insuficiente. La pasión política, que tantas veces nos induce a votar algo suficiente. La pasión política, que tantas veces nos induce a votar algo venciendo las dudas y los remilgos, está ausente en ésta cita electoral que se nos antoja tan extraña y remota, y la razón, no suficientemente informada por cierto, se pierde en un frío laberinto de incertidumbres.
España necesitaría, tal vez, otro diseño más social y cultural de Europa, otra Europa, pero es seguro que necesita a Europa. Y no sólo España, desde luego, sino cada una de las 25 naciones que prueban a articularse como un gran Estado transnacional frente al poder omnímodo de EE.UU. Pero es muy probable que España la necesite más que ninguna otra, pues sólo integrada en ese conjunto puede lograr lo que, a su aire, no ha conseguido hasta ahora: ser más y menos España hasta encontrar el equilibrio. Seríamos más España porque en la futura relación y competencia regional nos creceríamos sobre lo mejor de nosotros mismos y apreciaríamos cuanto nos une, y lo seríamos porque en ese club tendríamos que despojarnos de las ancestrales querencias calinitas que tanto nos han afligido en el curso de nuestra Historia. Europa. No votamos la decoración del Paraíso, pero sí la construcción de un hogar razonablemente digno y luminoso.
OTR/PRESS