No se trata del Pentágono, sino del retrete, palabro chusco y nada exquisito como corresponde a las necesidades que inevitablemente recuerdan. Es un término oriundo del "retractum" latino que se empleaba con la persona tímida, recatada o retraída, y que pronto sirvió para designar al aposento de la casa destinado a retirarse, con el nombre de retret en Cataluña y el reconocido retrete castellano. Porque tiempos hubo en los que la gente bien se pedorreaba y apretaba esfínteres encima del bacín sin ninguna intimidad ni pudor, y sin que nadie de los presentes se escandalizara por ello. Retrete es una voz un tanto vulgar pero a la vez divertida, que acusa el paso del tiempo. Ahora decimos servicio, lavabo, water, letrina, baño… cualquier cosa antes que decir cagadero o meódromo, como si las palabras tuviesen la culpa de la intención obligada de sus fieles visitantes.
Decimos que la muerte nos iguala a todos, al menos de tejas para abajo. Pero no es del todo cierto, pues las paredes de los cementerios llenas de nichos a pocos metros de los panteones faraónicos, están para recordarnos que los entierros son cosa de vivos, y que la igualdad tampoco funciona entre los cadáveres. Todo lo contrario del retrete, se le llame como se quiera. Todos pasamos por él, porque a todos llega la llamada de la madre naturaleza a flexionar las rodillas, ya sean marquesas, cazurros o espías. La verdadera igualdad, la que nadie puede desnivelar, comienza camino del retrete.
A veces hay que escribir de cosas menos serias para desdramatizar el ambiente. Que se lo digan a Quevedo, que entre ripio y ripio contra el conde-duque de Olivares, escribió sus famosos poemas titulados “Gracias y desgracias del ojo del culo”. Y todavía no ha habido quien los iguale; más o menos, como a los muertos del camposanto.