La evolución de Tusell
Rafael Torres
09/02/2005
Como no existe una máquina del tiempo que permita viajar al pasado y tampoco una máquina de la ubicuidad para, una vez en el pasado, tener en los sucesos la presencia simultánea necesaria para su comprensión definitiva, lo que hace el historiador no es contar la Historia, sino escribir sobre ella o, sin más, escribirla. A esto, a escribir la Historia y a escribir sobre ella, se dedicaba Javier Tusell, a quien el rayo de una cruel enfermedad derribó el martes a los 59 años.
Quienes hemos abordado la Historia, particularmente la del siglo XX español, desde la literatura y el periodismo, tenemos contraída una deuda con Tusell que ya, lamentablemente, no podremos abonarle sino en la postrera expresión de nuestra gratitud: él, y otros historiadores honrados como él, colocaron los railes sobre los que echamos a rodar los trenes de nuestros relatos, de nuestras novelas y de nuestros reportajes del pasado. Pero lo más singular de la obra de este escritor académico de la Historia, y por ello lo que más justifica nuestra gratitud, fue el paulatino calentamiento de la misma, que fue evolucionando desde la impasible e imposible neutralidad, desde la finalidad equidistante, hacia la beligerancia y la toma de partido, aunque siempre; bien es cierto, desde el sosiego y la urbanidad.
Escribir del pasado es vivir sumergido en él, y en esa inmersión se siente la indignación, la sorpresa, la rabia o la dicha que emana de lo que sucedió como si estuviera sucediendo ahora mismo. Tusell fue abandonando ya digo, la proverbial y un punto estéril frialdad del historiador universitario para sentir la emoción de la Historia, y no dejó de ser llamativa también, en su caso, la naturaleza de ese viaje: fue el análisis del presente, de la actualidad, lo que caldeó y radicalizó su mirada hacia el pasado, donde encontró, porque allí están, las claves del presente. Deja una obra, y de ella nos seguiremos nutriendo.
OTR/PRESS