El carnaval de los cristianos
Gabriel Mª Otalora
05/02/2005
La palabra “cuaresma” es una abreviatura del latinajo quadragesimam diem. Cuaresmal es sinónimo de cuadragesimal por el número de días de la cuaresma. Es un tiempo de conversión, de cambio, de revisión de vida para producir efectos en nuestra tolerancia y misericordia. Tantos días para el entrenamiento en la mejora personal, y lo poco que se nota. Los cristianos ricos no tomamos en serio este tiempo de renovación; no hay quejarse, pues, de que los demás nos vean mediocres y sin un mensaje de luz que dé un poco de esperanza estre tanta obscuridad.
La cuaresma actual aparece como un anacronismo ante la desconexión social con lo religioso y con el propio carnaval, que en algunos sitios ya se alarga hasta el primer domingo de cuaresma. El año pasado, unos cristianos de Namibia fueron invitados por la iglesia Evangélica a visitar Alemania. No podían dar crédito a lo que veían: el nivel de vida alemán comparado con la raquítica expresión religiosa de la asamblea dominical luterana. No entendían que, a más bienes recibidos, hubiese menos agradecimiento a Dios como origen de todo lo bueno. Cuando el ser humano cree que tiene todo el mérito de lo logrado, entonces sobra la conversión y la cuaresma. “¿Por qué rezáis tan poco con lo bien que os va?” fue la interpelación de estos africanos ante la paupérrima expresión de fe que vieron.
Cuaresma es tiempo de cambio esperanzado, de aflorar las contradicciones. Convertirse es vivir lo que decimos creer; por tanto, nuestro mensaje sonará a hueco si no asumimos la cruz diaria como lugar de transformación personal que haga de faro en el caminar de quienes nos rodean, ansiosos como están de ver y de que alguien les muestre el sentido de esta vida.
La cuaresma es una referencia si la vivimos en cristiano. Si no, es un elemento más de contradicción entre lo que decimos creer y lo que hacemos; un escándalo. “Misericordia quiero, y no sacrificios”.