La huella ecológica
Gabriel Mª Otalora
31/01/2005
Las alarmas se han vuelto a disparar ante los resultados de la “huella ecológica” de los Estados europeos; un problema grave de insolidaridad y falta de concienciación al encontrarnos rodeados por todas partes de un modelo social sustentado en el consumo.
No es casualidad que el Premio Nobel de la Paz haya recaído en Wangari Maathai, viceministra de Medio Ambiente de Kenya y primera mujer africana que logra este galardón, gracias al tesón por preservar el medioambiente desde una filosofía muy extraña en estos tiempos, pero muy sabia: “El desarrollo sostenible, la democracia y la paz son inseparables”. La Academia sueca ha querido ampliar el concepto de paz para incluir el medioambiente como uno de los caminos que conducen a ella, hasta el considerar a la degradación medioambiental como un agente que destruye la paz.
Gracias a Maathai, se ha puesto de manifiesto que la degradación medioambiental es la causa subyacente de muchos conflictos armados que, en apariencia, tienen una causa étnica, política o religiosa, porque la grave deforestación o/y erosión del suelo destruyen las posibilidades de vida y convivencia pacífica ante la alarmante escasez de recursos.
Lo cierto es que si todo el mundo consumiera al ritmo que lo hacemos en los países más desarrollados, se necesitarían más de un planeta para seguir viviendo. Utilizamos una cantidad de recursos superior a la que nos corresponde según nuestra huella ecológica o indicador del impacto global en la Naturaleza comparando los niveles de consumo de recursos naturales entre diferentes países o áreas de población.
La Constitución europea eleva la protección ambiental a la categoría de derecho fundamental, y muchos expertos creen en la existencia de modelos alternativos para no consumir a costa de otras regiones del planeta y de las generaciones del futuro. El Consejero de Medio Ambiente de Euskadi recuerda que “para asegurar el día de mañana, es decir, para hacer que nuestro desarrollo sea sostenible, cada uno debemos realizar pequeños cambios en los hábitos cotidianos para reducir nuestra huella ecológica, porque solo en nuestras manos está el asegurar o no que las generaciones venideras puedan disfrutar de los recursos naturales del planeta. Si nosotros los despilfarramos, en el futuro tendrán menos recursos que los que hemos tenido nosotros; o lo que es lo mismo, un claro ejemplo de egoísmo generacional”.
Más claro, agua ecológica.