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Home  Opinión  Rafael Torres
 
Deshecho y arrepentido

Rafael Torres

26/01/2005

Es duro testificar en la causa que se sigue contra un hombre que se halla, flanqueado por dos policías, a tus espaldas, a un metro de distancia de ti. Sientes su respiración, hueles su angustia y por el rabillo del ojo detectas la ansiedad que despiertan en él tus palabras, palabras que pudieran contribuir a aumentar o a reducir en algo su condena. Pero no es exactamente el caso: propuesto como testigo por las acusaciones popular y particular, depuse ayer ante el tribunal que juzga a Adolfo Scilingo por crímenes contra la humanidad, esto es, por su participación en los 'vuelos de la muerte' que los criminales de la Armada argentina usaron para deshacerse de los prisioneros arrojándolos desde el aire, vivos y desnudos, al mar. Pero mis palabras mal pudieron ayer influir en los jueces, pues se remitieron estrictamente a lo publicado en la entrevista que hice a Scilingo en diciembre de 1997, en la que el ahora reo confesaba sus delitos, desvelaba los secretos de la máquina exterminadora de las Juntas Militares, y se mostraba arrepentido y consciente de no merecer, pese al arrepentimiento que yo reputé entonces como sincero, el perdón.

Adolfo Scilingo es un hombre torturado y destruido,aunque no tanto, ciertamente, como las víctimas de la represión de la que tomó parte, bien que en grado ínfimo respecto a tantos que pasean por Argentina su impunidad. Llegó a España con la idea, no sé si estimulada por algún juez, de constituirse en "arrepentido" oficial, esto es, que a cambio de desvelar crímenes y el nombre de sus autores, se le proporcionaría benevolencia judicial y medio de vida en España para él y su familia, en precario en Argentina y amenazada de muerte por sus ex-conmilitones. A Scilingo, me temo, le dejaron colgado, y ahora él es el único que se sienta en ese banquillo de la Audiencia Nacional que debería estar superpoblado. Culpable, sí; cabeza de turco, también. Esa es la impresión que me llevé de la sala, pero, sobre esa, otra impresión más personal, más irrelevante si se quiere: la del hombre que, a mis espaldas, me consta que vive torturado y deshecho. No tanto como los que arrojaron de los aviones, que ya no viven, pero deshecho.

OTR/PRESS
 

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