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Home  Opinión  Agustín Jiménez
 
Auschwich a la vuelta de la esquina

Agustín Jiménez

25/01/2005

Lo ideal es que a los monstruos se les reconozca a la primera. Lo contrario molesta mucho. Austriacos y alemanes andan soliviantados por una película que relata los últimos días de Adolfo Hitler, un sujeto poco llamativo (también los enanos comenzaron pequeños) que coincidió en el colegio con el filósofo Wittgenstein. Cuando arranca la película, 'Der Untergang' ('La caída'), dicho sujeto y su panda de abnegados secuaces, limpitos, afeitaditos, dignos, ya han asesinado por altísimas e histéricas razones a 6 millones de judíos. Dicen que la Iglesia miró para otra parte ('Amén' de Gosta Gavras, otra película). Quienes lo sabían, lo aceptaron. Quienes aceptaban cualquier cosa, hoy dicen que no lo sabían, como la sensible secretaria particular cuyo testimonio guía la película que tanto molesta a austriacos y alemanes. Bruno Ganz, el inmenso actor que encarna al monstruo, se convulsiona eficazmente en los espasmos gestuales que se esperan del desquiciado Führer, pero, la mitad del tiempo, el guión lo constriñe a representar a un ser introvertido y cortés. Conlleva con generosidad la torpeza de su mecanógrafa, agradece a la cocinera la última cena, derrama una furtiva lágrima cuando lo abandona Speer, el arquitecto amigo con el que soñó el nuevo Berlín. Personas de valía lo estiman sinceramente. Cuando a los generales más flojos se les va la chulería patas abajo camino del retrete, él se comporta con dignidad. La primera dosis de cianuro se la ofrece a su perro. Un pastor alemán, evidentemente. Hubiera sido más fácil detestar al monstruo. Este retrato nos plantea problemas. Pero lo monstruoso es tal precisamente porque convive con lo normal y surge entre las flores de la vida.

Hay dos monstruos prototípicos del siglo XX cuyo recuerdo nos dispensa de clemencia: Stalin y Hitler. Cada monstruo destruye hasta el límite de sus posibilidades. Stalin y Hitler representaban a naciones populosas con numerosos recursos para la destrucción. Ambos disfrutaron de las posibilidades que ofrece la comunicación moderna pero aun podían censurarla y confinarla en la propaganda. Los dos eran ateos. Un Franco, en la escuálida España, no hubiera podido poner en marcha una trituradora maligna como la nazi, y además era católico. Los creyentes siempre tienen quien los disculpe. Pero incluso el pagano de Hitler no se atrevería hoy a asesinar a tanta gente. La noticia hubiera aparecido en el 'Frankfurter Algemeine Zeitung'. En la Edad Media era diferente. A Godofredo de Bouillon le habría encantado que lo retrataran despanzurrando sarracenos en Tierra Santa. Por el contrario, Rumsfeld hace todo posible para que la prensa no huela sus Guantánamos.

Hasta 'Der Untergang', Hitler era malo porque parecía malo. Dando la vuelta al argumento, Bush en su casa, o Bin Laden en la suya, no podían ser malos porque parecían buenos. Pero de ahí surge el desasosiego de la película de Bruno Ganz. Se puede parecer bueno y ser un monstruo. En lo que va de siglo, Bush es la segunda causa de mortalidad mundial después del tsunami. Pero ni él, en casa de sus votantes, ni sus oponentes árabes, en los cenáculos de los fieles oportunos, pueden ser monstruos ¿Cómo van a serlo si son amables, si hablan con dulzura, si rezan con fervor? El episodio de Auschwitz sólo lo pudo imaginar un monstruo. Este se suicidó. Hay otras películas que acaban de empezar.

OTR/PRESS
 

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