Y ahora solidarios
Agustín Jiménez
12/01/2005
El pavoroso cabreo de las placas tectónicas en Asia ha colocado a occidente en una ola de solidaridad, que ojalá dure pero seguramente se desvanezca dentro de un par de telediarios. Los países ricos porfían entre sí. El rey de los suecos ha echado la bronca a su gobierno por los fallos en la gestión de la crisis. La ministra francesa de defensa ha tenido que defenderse de un impertinente presentador de noticiario que le preguntaba una y otra vez por qué los únicos helicópteros que sobrevolaban Tailandia eran todavía los americanos. A éstos, famosos en la actualidad por su belicosidad y su afición a la tortura, el tsunami les dará tal vez la oportunidad de hacer el bien sin perpetrar el mal y el general que aún lleva sus relaciones externas confía en que mejore la imagen que tienen de ellos los musulmanes, a los que América ha combatido con un éxito similar. En el desastre de Asia es fácil ponerse de acuerdo, primero, porque la ausencia de factor humano alivia las discusiones y el margen de manipulación. Es improbable que el seísmo lo haya causado ni ETA ni Bin Laden ni los servicios secretos israelíes. Segundo, porque hay muchos occidentales entre las víctimas. En Suecia, por ejemplo, es la mayor catástrofe nacional que se recuerda. Suiza o Alemania, grandes exportadores de turistas, se han volcado, pues, en los lloros y la ayuda.
Hace ya bastantes años que no se representa “La barca sin pescador”, aquel drama efectista de Alejandro Casona cuya tesis era que carecemos de imaginación para medir el daño que causamos a los desconocidos. La globalización ha eliminado a los desconocidos. Hoy nos conocemos todos y el turismo escapista es prácticamente imposible como han comprobado en sus carnes los suecos desaparecidos en la exótica riada de Asia. Todo ello porque las comunicaciones son comunicaciones mucho más instantáneas que el nescafé, que en los años sesenta simbolizaba la celeridad de los procesos. Pero la rapidez se aplica a todo, también a los sentimientos, y es previsible que la nuestra se disuelva como una cucharada de polvillos en agua caliente. Lo que sí podríamos es hacernos menos la puñeta unos a otros. En unos segundos, las olas mataron a más gente que las bombas de Bush en meses de cálculos balísticos. Si Dios y la naturaleza nos castigan tanto, no deberíamos aumentar el daño que nos hacemos los unos a los otros.
OTR/PRESS