El poder de un maremoto
Gabriel Mª Otalora
15/01/2005
Urge la recuperación de las creencias, sencillamente porque las necesitamos para arreglar el pitostio de mundo que hemos montado. Sólo no se va a arreglar. Comprendo que ponerse a pensar en ello desazona una barbaridad, convencidos como estamos que nada puede cambiar, y menos con el exiguo concurso de cada uno. Otros deberían empezar primero, es un tema global... Estoy de acuerdo; y así será, mientras no recuperemos el norte de los valores más humanos.
La creencias así entendidas son necesarias pero tienen doble filo: pueden ser liberadoras o destructivas, como pasa con los patriotismos y las religiones; hay credos del fanatismo y pasotas que sonríen diciendo en qué o en quien no tenemos que creer; también hay muchos enquistados en lo que Bertrand Russell llamó “la desgracia byroniana”, una postura frecuente en personas cultas con capacidad real de mejorar su entorno que, sin embargo, piensan que nada tiene importancia en esta vida. Se sienten desgraciados pero se relamen orgullosos de su infortunio que lo atribuyen a la naturaleza del universo.
Hemos ido desmontando creencias esenciales sin que nadie lo imponga; de certezas inmutables hemos pasado a una mayoría de indiferentes e inconsecuentes donde las creencias ya no marcan el paso en la sociedad. Los ídolos mandan, y nos dejamos. Pero vivir sin creencias ha traído consigo la pérdida de la esperanza, y su principal manifestación, cual es la alegría. Y esto es grave, porque ayudaremos al sistema pero es muy peligroso para el individuo.
Alguien dijo que no creer en nada y no ser nada es lo mismo. Pero está de moda. Creer es crecer, confiar, abrirse a los demás. El talante humano está preparado para la búsqueda y la escucha, la experimentación y la pedagogía de la sana duda. Al fin y al cabo, la experiencia no es acumular sucesos sino aprender de ellos; como algunos políticos exaltados, que no han aprendido nada.
¿Quién puede separar sus creencias de sus acciones? En el fondo no es posible dicha separación, pero la incongruencia envuelta en papel de regalo preside nuestros ambientes, acostumbrados a no pensar y “comer lo que nos echen”. Me recuerda el dicho oriental de aquél que pidió una aguja a quien poseía una gran nave llena de agujas. Pero este, en vez de dársela, le endilgó un discurso sobre la importancia de dar y recibir.
¿Hace falta un maremoto para despertar lo mejor que llevamos dentro?