El legado de Sampedro
Rafael Torres
14/01/2005
La vida y la muerte de Ramón Sampedro, cuya recreación cinematográfica conmueve hoy las conciencias de los espectadores de medio mundo, genera también estos días, en la realidad, otro tipo de conmoción: la anónima ciudadana que le ofreció sus manos, su movilidad, para el indispensable acto físico de preparar el veneno que puso término a sus sufrimientos comparece ante los medios para reivindicar su acción, en tanto que los familiares de Sampedro la tildan, indignados, de asesina. Pero nada de todo esto, ni el tormento de treinta años de un hombre encarcelado en un cuerpo inerte, ni el concurso de la mano vicaria de un particular como instrumento de su liberación, ni el cruce de acusaciones entre miembros del entorno de la víctima habría tenido lugar si el derecho a la libre disposición del cuerpo, de la vida, estuviera reconocido y amparado por la ley.
Ramón Sampedro consiguió, ofrendando su caso al público, el caso de un hombre que no quería vegetar pero que por sus propios medios no podía evitarlo a causa de su severa tetraplejia, que prendiera en la sociedad el debate sobre la eutanasia. En realidad, la reivindicación de ese derecho a la propia vida, en el que se incluye por imperativo natural el derecho a la propia muerte, fue lo único que le mantuvo asido a un hilo de esperanza durante los interminables años de desesperación, pero Ramón no habría de conformarse con el enunciado, con el alegato, con el forcejeo permanente con la legalidad, y pudo, gracias al valiente y generoso concurso de una amiga, la Ramona Maneiro que hoy desvela su participación, apuntarse al fin una, aunque dramática, victoria. Ese es su legado, su aportación al progreso moral de las leyes que rigen la sociedad, y ello exige de la opinión pública, de la Justicia y del que fue su entorno más íntimo toda la discreción y el respeto que merece.
OTR/PRESS