Los límites del talante
Curri Valenzuela
05/01/2005
Hasta para el santo que pone la mejilla una y otra vez el talante tiene un límite que cuando se traspasa se convierte o en cobardía o en estupidez. Terminadas sus vacaciones navideñas, a una semana de que Ibarretxe y los cómplices de ETA aprobaran su plan secesionista sin más reacción que una breve declaración en un asilo de Sevilla, Zapatero tiene que decidir cuál va a ser su respuesta al primer asalto, y de qué calibre, a las reglas de tres décadas de convivencia democrática en España. Y aunque lo intente, que lo intentará, ya no le vale con esconderse detrás de pomposas declaraciones o gestos de buena voluntad. La realidad del desafío nacionalista vasco ha echado por tierra su proyecto de pasarse una legislatura gobernando sin más receta que la mezcla de talantes y sonrisas. Aunque sea lo que menos le gusta en la vida, Zapatero se tiene que decidir entre un curso de acción y su contrario.
Como pragmático que es, el presidente tiene en cuenta que la gran mayoría de los españoles, de los que le votan y de los que no, quieren vivir bajo el marco de la Constitución y sin amenazas de los nacionalistas. Aunque, por otro lado, tanto su Gobierno como el socialista de Cataluña se sustentan en un partido, Esquerra Republicana, que ya ha explicado que considera al Plan Ibarretxe un entremés de lo que va a incluir en el próximo estatuto catalán. Si tiene memoria, Zapatero recordará sin duda que ha prometido cumplir y hacer cumplir la Constitución cuando tomó posesión de su cargo. Si no ha perdido el sentido del riesgo, puede que sienta en la nuca el aliento del PP, que no va a dejar de recordarle ni un momento de los próximos meses que está a la espera de verle actuar para conjurar el peligro que se ciñe sobre la unidad de España.
Zapatero es listo, su Gobierno es joven y sin desgastar, él tiene buena imagen. Pero con eso no basta para contentar a la vez al PP y a ERC, sonreír a Ibarretxe y frenarle, defender la Constitución y poner en duda el concepto de nación, cruzarse de brazos ante lo que está ocurriendo y aparecer como un hombre de acción, considerarse garante de la unidad del país y vivir en La Moncloa gracias a los votos de quienes trabajan para cargársela. Hay momentos en la vida en la que un hombre tiene que decidir lo que va a hacer. Y a Zapatero acaba de llegarle el suyo. Ya no le vale con el talante. Ahora tiene que actuar.
OTR/PRESS