Plan Ibarretxe: buena noticia
Antonio Asencio
04/01/2005
Que el 'Plan Ibarretxe' se haya aprobado con los votos de quienes representan políticamente la voluntad de ETA es una buena noticia. Por un lado, queda claro -una vez más- que la asociación estratégica entre nacionalistas vascos no sabe de violencias ni de víctimas. No les tiembla el pulso a los discípulos de Sabino Arana cuando la serpiente asoma su cabeza con la promesa de enroscarse, por fin y de una vez por todas, en torno a la patria, e inocular su esencia (o más bien veneno) de nación que con tanto esfuerzo se han “currado” unos y otros. Los unos, desde los púlpitos, las cátedras y los micrófonos, colonizados con celo minucioso en un proceso de totalitarismo institucional; y los otros, gudaris románticos, pistola en mano, haciendo el trabajo sucio, moviendo el famoso árbol de Arzálluz, que no de Gernika. Construir una patria, remedar los pedazos que la historia les hurtó -una montaña por aquí, un fuero por allá- es una sinergia que se puede incrementar con la separación en pedazos de carne de mil enemigos.
En definitiva, les fastidia. Pero sin ese siete por ciento que representa Batasuna y que jalea, como a héroes, a los presos asesinos de ETA en los pueblos del Goierri, el PNV, EA y esa macabra escisión de IU capitaneada por el no menos macabro Madrazo, no tienen mayoría. Bien lo sabe Egibar, que ya en su momento pactó con ETA una tregua a cambio de iniciar la senda soberanista y dejar al PSOE y el PP tirados en la cuneta de la muerte y la exclusión. Y ahí seguimos.
La otra buena es que este señor va a ser la última entrega de una saga de terror que ya empezaba a aburrir. Porque Ibarretxe, que tiene un Plan para la patria (como lo tuvo Hitler para Alemania o lo tuvieron los sionistas con la creación genocida del Estado de Israel), rezuma la ingenuidad catastrófica de quien se cree las barbaridades que dice, y con esas va a estrellarse contra un Estado y contra algo mucho más poderoso: la razón. Y se va a estrellar por fin, preso de su inexorable y tozudo destino, desatascando esta situación kafkiana y absurdamente claustrofóbica, que en la historia no habría pasado de ser un reducto de infantilismo valleinclanesco al estilo Carod-Rovira si no fuese porque hay mil muertos y miles de amenazados sobre el tapete.
Si analizamos lo que plantea Ibarretxe, nos quedamos helados. El lehendakari dice que aquí no cuenta lo que diga el PSOE ni el PP, ni lo que ponga en la Constitución, sino lo que decida la voluntad de la sociedad vasca. Pero ese eufemismo envuelto con el celofán de la democracia lleva dentro la terrible premisa, núcleo del nacionalismo vasco, de que el PP y el PSOE no forman parte de la sociedad vasca. Además, se toma la ligereza, en una contradicción netamente peneuvítica, pero no azarosa, de quitarle al Gobierno central la legitimidad para detener el Plan, mientras se la otorga para negociarlo… Puedes ceder, pero no puedes no-negociar, le dice Ibarretxe al Gobierno. Por tanto, estás obligado a ceder. Este es el matiz que convierte la negociación en una extorsión, el pacto en un acatamiento producto del chantaje. Pese a las cosas que se están diciendo, creo que Zapatero no va a ceder ni a someterse a tan vil encerrona. Pero esta afirmación es una tautología, porque los resortes del Estado están por encima de los gobiernos y sus presidentes.
A pesar de todo, repito: es una buena noticia. Ahora el fraude está sobre la mesa. Ibarretxe era una amenaza difusa y desconcertante: el señor del coco del Estado de Derecho en Madrid, y una víctima del mismo en Vitoria. Ahora que hemos visto su cara, nos parece un pobre hombre al que la historia le ha dado el papel de ingenuo catastrófico, de perdedor funcional. De último y grotesco episodio de un delirio nacionalista que ha durado más de cien años, hasta balbucir esa inconexa y estéril bestialidad, ese tsunami lleno de dolor y de egoísmo, de ruido y de furia, que se ha llamado 'Plan Ibarretxe' y, por extensión, “nacionalismo vasco”.