Hacia el final del drama
Antonio Casado
03 /01/2005
Con la osadía avalada por treinta años de nacionalismo conminatorio, incluido el asesinato del discrepante que practica o apoya la versión más radical de ese credo político, el lehendakari ha dicho que su obra predilecta es "la primera piedra para resolver el problema vasco".
Léase Plan Ibarretxe (ruptura con el Estado para, si acaso, volver a asociarse luego con condiciones), aprobado hace unos días en el Parlamento Vasco gracias a tres votos del brazo político de Eta que votaron "sí".
Lo curioso es que en el mismo pronunciamiento, otros tres diputados de dicho grupo votaron "no". Caso insólito de esquizofrenia política. O de "terrorismo" parlamentario, pero eso no sería tan insólito al tratarse de un grupo inscrito en la lista de organizaciones terroristas de la UE.
A lo que íbamos. Ibarretxe dice que es el principio de la solución del "problema" (léase también "conflicto vasco", en lenguaje nacionalista), pero a otros nos parece que es el final de un drama. Ojo, drama, de dramatizar, de escenificar. Y a veces, comedia.
Nunca tragedia, excepto la que sufren las víctimas del terrorismo que se practica en nombre de la patria vasca y en cuyo nombre tres de los diputados vascos han determinado la aprobación del proyecto soberanista por mayoría absoluta en el Parlamento de esta Comunidad Autónoma.
Nos acercamos al final del drama. Final incierto, eso sí, pero está a punto de agotarse el recorrido de la aventura soberanista iniciada por el nacionalismo que gobierna con el empujón final del nacionalismo que asesina.
Fin del drama como agotamiento de las formalidades. Fin de trayecto en el Congreso de los Diputados, dando por sentado que el debate y votación, ya en pleno clima preelectoral, escenificarán una sonora derrota política del plan Ibarretxe en el ámbito de decisión español.
Ambito localizado en la representación de la soberanía nacional, única fuente de legitimidad para decidir sobre asuntos centrales, como integridad territorial, soberanía indivisible o igualdad de territorios y ciudadanos.
Después de este paso del delirante proyecto por el Congreso, a Ibarretxe solo le queda el desistimiento democrático (unas veces se gana, otras se pierde) o echarse al monte de la insumisión, cuyo supuesto se confirmaría ante la convocatoria ilegal de un referendum. La palabra es firmeza. Al Gobierno de la Nación no le debería temblar el pulso en la aplicación de las previsiones legales.
OTR/PRESS