Turismo infame
Rafael Torres
03/01/2005
Un millón de niños vagabundea sin rumbo, el lodazal esconde todavía miles de cadáveres hinchados, el cólera merodea por las regiones devastadas, los supervivientes de la catástrofe caminan distancias enormes en busca de un poco de agua potable, extranjeros y nacionales recorren las morgues con la foto de sus desaparecidos, pero en medio de ese paisaje de locura y desolación hay turistas que, severamente sumidos en el lado más oscuro de esa condición e indiferentes al drama cuyo hedor emponzoña el aire, no esán dispuestos a renunciar a las vacaciones compradas y vuelven, como si nada, como si la vida siguiera, a las playas del horror. Los hay, incluso, que vuelan en este preciso momento hacia Phuket, Ceylan o Aceh Barat con un espíritu perfectamente podrido y vacacional.
El mundo está de luto, perplejo aún y de luto, por las ciento cincuenta mil víctimas del apocalíptico maremoto (la peor tragedia vivida en Tailandia, en Indonesia o en Ceylan, pero también en Suecia, en Noruega o en Australia), y no es fácil contemplar sin arrebatada indignación a esos turistas de mierda que acuden a solazarse al centro mismo, al centro universal hoy, del dolor.
Indignación mal contenida como la que hubo de suscitar en cualquier espíritu medianamente sensible la intervención telefónica en un noticiario de televisión de una periodista de un canal autonómico (no diré sus nombres) que pasaba sus vacaciones allí cuando el desastre y que, según sus palabras, seguía allí para recuperarse del susto hasta agotar sus vacaciones porque "la vida sigue". ¿Allí? ¿La vida sigue allí? ¿Precisamente allí?
El rebelde ex-general Franco organizó, cuando la caída del Norte en el otoño del 37, viajes de turismo, de turismo de guerra, por la zona recién "liberada". Pues bien; esto es peor, éste espectáculo que están ofreciendo bandas de turistas desalmados en Phuket agranda, de algún modo, el espacio de la herida.
OTR/PRESS