Vivos de milagro
Rafael Torres
28/12/2004
Cualquiera de nosotros está vivo de milagro: la ola que podría devorarnos es también invisible y silenciosa hasta que emerge de súbito. Cuarenta, o cincuenta, o sesenta mil personas hallaron su ola letal, la misma para todas, cuando nada pronosticaba ese brutal acabamiento de agua turbia. Unos recogían conchas en la playa, otros comían helados entre las palmeras, aquellos gozaban sus vacaciones en hoteles paradisíacos, había quienes cocinaban la comida familiar o quienes, simplemente, iban por la calle camino del trabajo. El día era radiante, suave la brisa y digna de ser vivida, pese a todo, la vida, pero toda ese gente de Ceylan, de India o de Indonesia estaba, sin saberlo, viva de milagro, como los madrileños de los trenes de cercanías al madrugar aquel día de marzo, como los iraníes de Bahn hace justo un año, como sus vecinos iraquíes que tampoco oyen llegar la ola postrera, el tsunami fatal, aunque lo presienten a cada instante.
Como todos ellos, hermanos al fin, compañeros en este enigmático viaje de la vida, nosotros estamos vivos de milagro, por mucho que nuestra pertenencia al Primer Mundo nos haga suponer que nos hallamos a resguardo de los maremotos y de todas esas desgracias que se ensañan con los pobres. Vivos de milagro y, me da la impresión, algo ingratos con el don maravilloso e irrepetible de la vida, ora relacionándonos de manera cainita, ora codiciando lo que nada vale, ora encolerizados por una noche bajo la nevada. Ingratos con la vida, ciegos, crispados o insensibles, cuando, en puridad, estamos vivos de milagro, cuando de nuestra mano está hacer este mundo y esta vida, en tanto llega la ola invisible que ha de llegar, más decentes y gratos. Hemos superado, en fin, otro año: he aquí el milagro descomunal, el milagro de seguir viendo pasar las olas sin que la ola fatal, silenciosa, invisible, nos alcance.
OTR/PRESS