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Home  Opinión  Antonio Asencio
 
El "republicanismo cívico" de Zapatero

Antonio Asencio

27/12/2004

El análisis del 2004 está marcado –entre otros muchos aconteceres- por la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al poder. En cierta manera, significa la llegada de una fórmula novedosa, inédita, y para muchos, enigmática de hacer política. Un perfil desconocido no sólo en España, sino casi en todo el mundo, que en muchos genera entusiasmo, y en otros, profunda inquietud. Predije en otro artículo que Zapatero era el primer político digital de la historia: con la metáfora trataba de compendiar la pulcritud de sus formas con cierta rara habilidad para actuar como nodo de interconexión social. Le suelen achacar su falta de contenido, secretismo en sus planes o incluso ausencia de los mismos. Pero, ¿qué hay detrás de ese juego político escurridizo para muchos y estimulante para otros?

Lo cierto es que Zapatero parece romper la norma clásica del político tradicional y jacobino que primero planifica, y después, dialoga. La gestión del poder invierte su dirección, y ahora se parte del diálogo para concluir en la planificación consensuada. La “verdad política”, para Zapatero, no tiene una génesis racional, no surge en los despachos y se vierte sobre la realidad social. Más bien al contrario, es una construcción colectiva, el resultado equilibrado de un foro en el que confluyen diversos enfoques y posicionamientos producto de una diversidad social asumida de antemano.

Esta forma de entender la política se ha denominado “republicanismo cívico”, cuyo origen intelectual está en el pensador irlandés Philip Pettit, introducido en España por el sociólogo barcelonés Salvador Giner. El Estado no ejerce, por tanto, el poder sobre los ciudadanos, sino que “negocia” y actúa de interlocutor; no impone, sino que consensúa, acuerda, pacta. Los despistados suelen achacar a Zapatero ser un “afrancesado”: error de percepción, trampantojo teórico. Su forma de entender el poder es netamente anglosajona porque se basa en el acuerdo entre individuos libres que ejercen su derecho y capacidad para decidir. El poder, las decisiones, surgen de la praxis, rechazando cualquier diseño unívoco y centralizado desde un foco que impone. El acuerdo, como bien señala Jürgen Habermas (la otra gran fuente de Zapatero) no es la elucidación de una verdad razonada y única, sino el consenso múltiple en torno a una verdad tomada como válida para todos los interlocutores, y cuya existencia es posible por la predisposición de todas las partes al acuerdo y, por tanto, a abandonar algunos de sus postulados y a aceptar otros del adversario.

La "ciudadanía", como fuente de poder, exige la igualdad civil de todos sus miembros. Lejos ya de la socialdemocracia economicista que buscaba igualar las condiciones materiales entre clases sociales, patente durante los años setenta y ochenta en países como Suecia, Alemania o Francia (que conformó lo que se ha denominado “Estado del Bienestar”), el “republicanismo cívico” se opone al intervencionismo estatal, al paternalismo comunitarista. El Estado sólo participa para dotar al individuo de presencia como ciudadano pleno y autónomo. Es, en raíz, una metodología liberal. De ahí la obsesión de Zapatero por la igualdad de la mujer, la equiparación de derechos de los homosexuales o la legalización de los inmigrantes que puedan acreditar su situación como trabajadores. La izquierda, para Zapatero, es llevar la ciudadanía a los márgenes de la sociedad para “convertir” a individuos en “ciudadanos”.

El propio Zapatero dio, meses después de ser elegido secretario general del PSOE, pistas sobre sus fuentes: “yo debo a Philip Pettit haberme dado la posibilidad de clarificar mis propias ideas. Leyéndole, algunos descubrimos que este proyecto que empezamos a sentir en el 35º congreso estaba muy cerca de su teoría del ciudadanismo, que es la forma más radical de liberalismo, y que es la que queremos aplicar”.
 

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