El valenciano de la discordia
Fermín Bocos
15/11/2004
Ahora que en la lejana Rosario (Argentina) se reúnen los maestros del habla, quizá sería un buen momento para invitar a nuestra peculiar clase política a que tuviera a bien repasar el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Si lo hicieran nos evitaríamos más de un problema. Pongo un ejemplo. Si el señor Carod-Rovira, presidente del partido Esquerra Republicana de Catalunya, y el señor Camps, presidente de la Generalidad Valenciana, buscaran en el DRAE el significado del término 'valenciano' -"Variedad del catalán que se usa en gran parte del antiguo reino de Valencia y se siente allí comúnmente como lengua propia"- probablemente nos habrían ahorrado la peregrina polémica en la que se han enzarzado, embarcando, de paso al Gobierno de España.
Tal y como lo expresa el Diccionario, está claro que no ha lugar a la polémica. No hay ofensa ni a la historia, ni a la ciencia filológica, ni a la sociología. Sólo la forma de hacer política por parte de algunos políticos podría hallar motivo de insatisfacción ante tan señalado monumento al sentido común como supone la mencionada definición. Siendo el valenciano, "una variedad del catalán" que allí dónde se habla, "el antiguo reino de Valencia", quienes lo hablan la "sienten como lengua propia", ¿a qué viene el gesto filisteo del señor Carod-Rovira echándole un pulso al presidente Rodríguez Zapatero exigiéndole público reconocimiento de lo que ya está reconocido y por escrito en el DRAE?
Otro tanto podría decirse del señor Camps quien, a su vez, ha pedido amparo al presidente del Gobierno para que defienda lo que dice el Estatuto: que el valenciano, junto al español, también es lengua oficial en la CAV? ¿Qué mayor amparo que el que ofrece el Diccionario al explicitar que quienes lo hablan (el valenciano) la sienten como lengua propia? Hay días en los que uno no logra desterrar la inquietante idea de que algunos políticos viven de crear los problemas cuya solución ellos mismos se proponen después gerenciar. Tenemos que acostumbrarnos, pero no deja de ser lamentable. Por cierto, que para quienes tienen un visión así de la política, el DRAE tiene un término muy gráfico que ahora no hace al caso reseñar. Es desagradable.
OTR/PRESS