Prohibido fumar, pero no mucho
Curri Valenzuela
13/11/2004
Se acabó el respeto, tan vigente hasta ahora en nuestro país, que no en otros muchos, hacia quienes fuman. En España lo hacen aún el 42 por ciento de los hombres y el 31 por ciento de las mujeres, aunque entre los jóvenes no hay diferencia por sexos. Y, por muchas campañas que se han llevado a cabo hasta el momento, las estadísticas arrojan cada año un saldo peor al anterior. La edad media de inicio en el consumo anda ya por los 13 años.
De hecho, España es uno de los países de Europa con más facilidades para los fumadores, tanto a la hora de encender el cigarrillo como a la de consumirlo en cualquier parte, como saben quienes sufren con el humo del tabaco o se resisten a que su ropa apeste a humo tras pasar una jornada de oficina rodeados de colegas fumadores. El resultado de esa permisividad ha sido hasta ahora patético.
50.000 españoles mueren cada año a causa de enfermedades producidas por el tabaco, sobre todo cáncer y complicaciones cardiovasculares, antes de la edad media en las que les habría tocado fallecer. Si hasta este viernes, cuando el Consejo de Ministros adoptó drásticas medidas que prohibirán fumar en empresas públicas y privadas, no se había tratado de atajar el problema, ha sido por su impopularidad. Este es un país en que muchos presumen de tolerantes aunque ni remotamente lo sean, por lo que está mal visto prohibir cualquier cosa, incluso la que produce la muerte lenta.
Aparte de que cuatro votantes de cada diez son fumadores activos. Las medidas anunciadas por la ministra Elena Salgado, quien oportunamente se acaba de quitar de fumar, merecen el aplauso incluso de quienes, siendo fumadores, comprenden que su humo molesta a los demás. No son, sin embargo, suficientes. Está demostrado que lo que de verdad hace reducir el consumo del tabaco es aumentar drásticamente su precio y España sigue siendo el país de Europa donde la cajetilla sale más barata, un tercio de lo que cuesta en Inglaterra.
Pero, claro, las cuentas del ministerio de Economía, que recauda grandes sumas por el impuesto del tabaco, no son partidarias de que se reduzca el consumo. Así que el Gobierno hace un poco más difícil fumar, pero tampoco tanto como para que resulte imposible.
OTR/PRESS