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El sufrimiento de los niños
Rafael Torres
30/10/2004
Buena parte de la vida cotidiana parece edificarse, destruirse más bien, en el mal trato, si bien el que mas a menudo conduce a la muerte violenta, el doméstico, el de género, el que perpetran varones demenciados contra sus parejas, ocupa, y es compatible que así sea, el grueso de nuestra atención. Sin embargo, las glorietas de la vida diaria están intransitables por la acumulación de la basura de la violencia.
Dos formas muy habituales de maltrato, el acoso sexual y el acoso laboral, producen en España, en medio de una resignación incomprensible, toneladas de sufrimiento. Del piropo callejero bestial, ofensivo, a la utilización mediática y publicitaria de la mujer como si de una muñeca hinchable se tratara, las mujeres sufren toda suerte de hostigamientos que la violentan y la cosifican, y aunque en el trabajo comparten con el hombre las desdichas del sistema precario o del jefe cruel, también ahí son algo mayores sus padecimientos. Pero si el ciudadano, hombre o mujer, es también maltratado por una justicia cara y lenta, por una sanidad deficiente, por una educación penosa y por una Hacienda voraz, los niños reciben particularmente inermes la violencia que destila una sociedad, un mundo, que en nada cuida y respeta su efímero e irrepetible mundo infantil: soledad, golpes, consumo. Y esa otra violencia que generan, remendando a sus mayores, los propios niños.
Por el reciente suicidio de un niño que era atormentado por sus padres, hemos sabido que muchos niños se suicidan por eso, como los guardias civiles sobre los que recae una presión insoportable de su propio elemento. Apenas recobrados del estupor y tirando de estudios y estadísticas, hemos sabido que al menos para tres de cada cien chicos, la escuela es un infierno por las agresiones que reciben de sus compañeros, pero aún hay algo más estremecedor: la mayoría ni pide ni obtiene de sus mayores, padres o maestros, ayuda para aliviar su sufrimiento. Y sobre ese légamo de violencia constante parecemos transitar indiferentes.
OTR/PRESS
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