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Home  Opinión  Rafael Torres
 
La indignación de los fácticos

Rafael Torres

29/09/2004

Algunos poderosos fácticos están que se suben por las paredes a causa de las disposiciones y los proyectos del actual gobierno acaso porque suponías que en España nunca iba a haber un gobierno que promoviera un poco de higiene política, de sentido común, de decoro cívico y de equidad social. Contrasta esa indignación de los dichos poderes, expresada y exagerada en sus incontables medio de influencia y comunicación, con la escasa o nula que suscitan en su día los primeros gobiernos de Felipe González, que, ante el clamor general por la regeneración y el cambio, decepcionaron a su electorado y a la sociedad en su conjunto abonándose al continuismo y ala las políticas de derecha (reconversiones, privatizaciones, consagración del trabajo precario...) que en aquellos tiempos y circunstancias no hubiera podido hacer la derecha convencional sin que se armara la Marimorena. Con Zapatero es otra cosa.

Pero si a Zapatero le tienen enfilado desde el primer momento no es porque el hombre sea un radical, ni siquiera por que pretenda hacer política de izquierdas, sino sencillamente porque pretende hacer política, esa cosa que es España nunca se permitió que estuviera en manos de los ciudadanos, sino de los bancos, de las grandes empresas, de los terratenientes, de los caciques espadones. Ha bastado que su gobierno haya propuesto medidas tan puestas en razón como el fortalecimiento de la instrucción pública, la separación efectiva de lo creencial y lo racional en ella, la inclusión de la importantísima asignatura de Ciudadanía en primaria y secundaria o, en otro aspecto, la aportación, al común de una pequeñísima parte de los descomunales beneficios de la industria farmacéutica para destinarlos a Investigación, para que esos poderes fácticos pongan el grito en el cielo sin la menor consideración al reposo de los ángeles.

Se le ponen pegas a Turquía para entrar en Europa, y ahora va a resultar que en España hay quien no asimila ni respeta los rudimentos de la Democracia, que no son otros que la soberanía del pueblo, el sufragio, la libertad y el supremo interés del bien público. Es cosa de ver lo que sulfura el pobre Zapatero por creer en esas pocas y esenciales cosas nada más.

OTR/PRESS

 


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