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Un congreso difícil
Ramón Pi
27/09/04
Este fin de semana se celebrará en Madrid el XV congreso del Partido Popular. Lo previsto era que se hiciese desde el poder, en medio del entusiasmo de militantes y votantes, y exhibiendo una sucesión ordenada en el liderazgo, fruto del desprendimiento de toda ambición por parte de José María Aznar, que se comprometió en 1996 a no permanecer más de ocho años seguidos en La Moncloa, y una vez más hace honor a su palabra. Pero los atentados del 11 de marzo volvieron del revés la situación, y hoy es el día en que el PP se encuentra en la oposición, sometido a un cerco implacable por todos los demás partidos, y con la necesidad ineludible de proceder de todos modos a la sustitución de Aznar, que dejó sus responsabilidades en manos de Rajoy hasta el congreso, y no es cosa ahora de que vuelva a empuñar el timón del partido en vista de que ya no va a estar más de ocho años seguidos en La Moncloa. Aquel paso ya no tiene vuelta atrás.
No son pocos los militantes, y los observadores, que piensan que no es lo mismo un presidente del PP en el Gobierno que en la oposición, y que la elección de Rajoy por Aznar se hizo teniendo presente que se designaba a un gobernante más que a un dirigente en la oposición. Este modo de ver las cosas seguramente tendrá su fundamento, pero yo no lo comparto: un líder político no es un mero administrador, sino un dirigente, alguien que transmite convicciones, ánimo y voluntad de hacer cosas. Un líder es alguien que se cree lo que hace, y que difunde esta fe a su alrededor. Vistas así las cosas, da lo mismo que esté o no en el poder. Aznar, con toda su falta de carisma a cuestas, elaboró el calendario de su tarea desde que Fraga lo nombró hasta llegar a La Moncloa, y se equivocó en cuatro meses. Sabía lo que quería, y cómo lograrlo. Y lo hizo.
La pregunta es si Mariano Rajoy es de esta madera de líder. No va a ser fácil el congreso del PP, porque la pérdida del poder va a desatar ambiciones y críticas que no habrían aflorado en otras circunstancias. Los populares han de preguntarse no tanto qué quieren, sino en qué creen.
OTR/PRESS
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