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El desafío
Fermín Bocos
27/09/2004
El PNV es un partido centenario que agrupa alrededor de 25.000 militantes. En la últimas elecciones autonómicas (mayo del 2001) obtuvo seiscientos mil votos. Solo o en coalición, ha gobernado ininterrumpidamente en el País Vasco desde que se implantó la democracia, circunstancia esta que le ha permitido crear una tupida red clientelar a lo largo y ancho del territorio de la comunidad autónoma. Un tercio de los ciudadanos vascos menores de 25 años no han conocido otro tipo de gobierno que el de los nacionalistas. Todos estos datos describen una sociología política muy peculiar: la de gobiernos que, casi sin proponérselo, devienen en régimen. Es cierto que la voluntad de los electores así lo viene reafirmando, pero no es menos exacto que desde el poder se ponen todos los medios para perpetuarse: desde la administración con tintes clientelares de las respectivas cajas de ahorros, hasta el control de los canales de radio y televisión autonómicos.
Y, también, por supuesto, la propia acción política. El último ejemplo lo tenemos en el anuncio del llamado Plan Ibarretxe. Un proyecto político segregacionista con el que el lehendakari se sitúa fuera del marco de juego que establece la Constitución, aún a sabiendas de que con la actual correlación de fuerzas del Parlamento de Vitoria no podría prosperar ni siquiera en la propia Cámara autonómica.
¿Por qué ,pese a todo, anuncia que va a someter su plan a votación? La intención está clara: ha decidido convertir el plan Ibarretxe en el núcleo del programa político con el que el PNV concurrirá en mayo del año que viene a las elecciones, solicitando a los electores nacionalistas la mayoría parlamentaria que ahora no tiene. Los 38 diputados a los que se refirió sin eufemismos José Jon Imaz, presidente del PNV, en su intervención del domingo en la campa de Foronda (Vitoria). Ése es el plan que está debajo del plan. Convertir las elecciones autonómicas en un plebiscito. La apuesta es florentina y arriesgada porque supone un juego de ingeniería política lleno de incertidumbres. Ibarretxe e Imaz no tienen el talante (desabrido) de Arzalluz o el lenguaje (destemplado) de Eguibar, pero las diferencias entre las soflamas de aquellos y los objetivos de éstos sólo existen en el plano de la urbanidad. Lo demás es idéntico: un desafío al Estado de derecho con un objetivo táctico y otro estratégico. El primero: perpetuarse en el poder; el segundo: dar cuerda a la cometa de la ucronía independentista.
El desafío que supone la apelación al referéndum realizada por el lehendakari Ibarretxe introduce una gran incertidumbre en el nuevo tiempo político que vivimos. Convendría que el Gobierno la despejara cuanto antes.
OTR/PRESS
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