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El prestigio de la "Inteligencia"
Carlos Carnicero
25/09/2004
La moda la inauguró el coronel Perote, un militar traidor y desleal a todos los códigos que conjuran el mito del servidor de las armas, cuando sustrajo documentos secretos que estuvieron a su custodia. Desde entonces, el servicio de inteligencia español, antes llamado CESID y ahora CNI, ha sufrido un continúo desgaste en su prestigio, fundamentalmente por la falta de cobertura política de los sucesivos gobiernos de José María Aznar.
En los países de nuestro entorno, la sociedad tiene formulado un pacto de confianza con sus servicios de inteligencia mediante el cual, en ausencia de evidencia de delitos graves, el secreto y la confidencialidad presiden todas sus actuaciones. Aquí, esta norma se quebró con las campañas públicas de descrédito dictadas para dar cobertura a una amplia conspiración política. Lo ocurrido es de sobra conocido.
Al amparo de la irresponsabilidad de algunos medios de comunicación, las maniobras políticas urdidas por un banquero sin escrúpulos, que pretendía eludir el banquillo judicial, con los documentos sustraídos por ese militar traidor, quisieron generar un clima de involución e implicar al mismo Jefe del Estado.
Con esos mimbres, y la labor carroñera del partido dirigido por José María Aznar que quería llegar a La Moncloa por cualquier atajo, se tejió la más formidable campaña de descrédito de nuestro servicio de inteligencia, que desde las últimas intentonas golpistas de la década de los ochenta, había colaborado en la democratización del ejército y en la lucha contra el terrorismo con notable eficacia.
El segundo asalto al prestigio del CESID ocurrió con la descalificación de documentos ordenada por el recién estrenado gobierno de José María Aznar. Rehén de los aliados mediáticos que le había aupado en el poder, cayó en la tentación de intentar sentar al ex presidente Felipe González en el banquillo de los acusados.
Pero el asunto ni siquiera acabó allí. José María Aznar se despidió del gobierno igual que entró: desclasificando documentos secretos que le convenían para reafirmar sus tesis políticas y deslegitimando la labor del CNI, a cuyo director general, según hemos sabido después por su propia declaración en la comisión del 11-M, ni siquiera se le invitó a las reuniones celebradas durante la crisis.
El nuevo director del CNI, Alberto Sáiz, ha realizado una renovación de la cúpula del servicio de inteligencia con el objetivo de adecuar la institución a la situación creada después del 11 de marzo. La iniciativa y la explicación parecen razonables, y lo que el sentido común y la responsabilidad aconsejan es que partidos políticos y medios de comunicación apoyen la labor del servicio de inteligencia de la forma más eficaz: dejándole trabajar con discreción y sin presiones.
OTR/PRESS
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