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Zapatero, Aznar, Rajoy
Fermín Bocos
24/09/2004
Sueña ingenuamente con la desaparición de los problemas pero organiza fríamente la realidad. Tengo para mi que, como en casi todos los seres humanos, también en José Luis Rodríguez Zapatero se mezclan y solapan dos personalidades. La exterior podría haber sido retratada por aquel Fray Angélico que detuvo el pincel ante el desasosiego que le provocaba la perspectiva. La interior es más veneciana: al final, todo aparece como espontáneo y estupendo pero, en realidad, todo responde al engranaje del cálculo. Nada es sólo lo que parece y la apuesta por una imagen de gobernante de gestos cálidos, aires adolescentes y vocabulario corriente tiene detrás muchas horas de rumia. Basta ver cómo se ha estrenado en el escaparate mundial que es la ONU para comprender que se equivocan quienes tildan de ingenuas sus palabras y de adolescentes sus ideas para encarar los grandes problemas del mundo: el hambre, la desigualdad, el terrorismo.
Son millones los ciudadanos con derecho a voto que piensan lo mismo. Quienes critican su tendencia a decir "si" a todo lo que tiene detrás un problema expresado en voz alta y con las cámaras rodando olvidan que desde Alcibíades para acá de una u otra manera los políticos han vendido haciendo lo mismo -recuérdese a este respecto lo que hizo Aznar con Izar entregando a los astilleros 1.100 millones de euros en ayudas que sabía ilegales-.
La diferencia es el talante. Aznar, como mandaba y reñía parecía que gobernaba. Zapatero como sonríe y consulta, parece que todavía no ha terminado de aterrizar en La Moncloa. La tentación del analista es volver a Plutarco. No hay analogía ni vida paralela posible entre Aznar y Zapatero. El anterior presidente tenía y tiene una visión del Universo ultra-ideologizada y dual: el mundo se divide en buenos y malos. Para el actual la vida no es tan dramática. Se ha puesto de moda buscar analogías con el pensamiento 'zen' pero quizá la cosa es más sencilla: Rodríguez Zapatero es un hombre corriente que no tiene trato alguno con el rencor porque la vida le ha tratado razonablemente bien. Puede que los hombres seamos el fruto de lo que hemos vivido y en ese sentido al presidente del Gobierno, antes de serlo, ha vivido una vida sin grandes sobresaltos. "Pues yo creo que tampoco estamos tan mal" -dijo en el Congreso que el aparato del PSOE había pensado para que ganara Bono -.
Veo en la Universidad a mucha gente que se parece a Zapatero. Lo que dicen, no suele ser profundo, pero suena a sincero. No conozco, en cambio, a nadie que se parezca al Aznar arrogante y antipático de cuando la foto de las Azores o la tragedia del Yak-42. Suponer que la política seria es la del que riñe y la que no se puede tomar en serio es la que de quien escucha a la gente antes de decirle al personal lo que hay que hacer puede llevar a la oposición a un frustrante callejón sin salida. O a algo peor: a convertir la nostalgia de Aznar en el gran obstáculo para que Mariano Rajoy pueda, sin interferencias, hacer su camino.
OTR/PRESS
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