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La alianza de civilizaciones
José Cavero
22/09/2004
Dicen los corresponsales diplomáticos que, para un dirigente político que se precie, la posibilidad de actuar ante un auditorio del relieve que tienen las Naciones Unidas viene a ser 'el no va más', y que puede compensar cualquier esfuerzo personal. No se sabe si es uno de esos acontecimientos que empiezan 'a cambiar' a las personas, tal y como temía Zapatero que pudiera sucederle y rechazaba de manera rotunda. “No cambiaré”.
Lo cierto es que Rodríguez Zapatero aprovechó esa "ocasión única" para exponer su famoso talante, que poco o nada tiene que ver con el de su antecesor o con alguno de los dirigentes políticos mundiales que también emplearon esa tribuna en la misma jornada onusiana. Mientras el presidente Bush justificaba, una vez más, 'su guerra', Zapatero explicaba las razones de la retirada de las tropas españolas de Irak, hacía el elogio de la paz y apostaba por el entendimiento entre el mundo occidental y el mundo árabe. Zapatero se inclina por más democracia, menos odio e incomprensión, para resolver problemas internacionales, y en modo alguno puede ser partidario de guerras preventivas. Frente a la “guerra preventiva”, Zapatero propone ayudas y cooperación con los países más pobres para, de este modo, reducir uno de los orígenes del odio de los pobres hacia los ricos.
Frente a la teoría de Bush, que insiste en que la ocupación de Irak ha hecho un mundo más seguro, Zapatero planteaba que la paz y su mantenimiento exige más valentía y mayor heroísmo que la guerra. Nada que ver entre uno y otro políticos. No es de extrañar y no debe sorprender que no llegara a producirse el menor contacto entre el candidato norteamericano a la reelección y el dirigente socialista español. Claro está que tampoco es similar el poder de uno y de otro. El imperio suele establecer las normas por las que se rigen los demás.
Es dudoso que Rodríguez Zapatero vea realizado su gran sueño, ese entendimiento entre civilizaciones, frente a lo que algunos teóricos han observado: la guerra de civilizaciones occidental e islámica, por más que él mismo hiciera una propuesta concreta al secretario general de las Naciones Unidas: constituir un grupo de alto nivel, constituido por personalidades y expertos, que someterían a debate los retos de la seguridad, el multilateralismo, la inmigración, la identidad cultural, la educación o el papel de los medios de comunicación. Parece evidente que nada tienen que ver estas ideas –ideas “zen”, orientales, empiezan a llamarlas algunos observadores políticos- con la guerra preventiva que predica y ejercen Bush y sus colaboradores del Pentágono.
Con toda probabilidad, el presidente Bush preferirá ignorar, y despreciar con su propia actitud, las ideas y sugerencias de quien ha tenido la osadía no solamente de retirar sus tropas de Irak y de la coalición ocupante, sino incluso de solicitar a otras naciones también implicadas en la cruenta y dificilísima posguerra de Irak, que ayuden a la pacificación retirándose cuanto antes. Ese atrevimiento de “un leonés en Nueva York” probablemente resultará episódico y hasta exótico para el inquilino de la Casa Blanca. Pero muchos ciudadanos habrán aplaudido el idealismo beligerante de un estadista distinto, que rompe algunos esquemas desde la tribuna mundial por excelencia.
OTR/PRESS
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