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Home  Opinión  Esther Esteban
 
Divorcio y custodia

Esther Esteban

19/09/04

La España del 2004 es muy diferente a aquella de 1981 cuando se legalizó el divorcio prohibido durante toda la etapa franquista. No sólo han variado y mucho las pautas sociales, sino también la forma de entender lo que se llama institución familiar. Es un acierto agilizar los trámites y las ventajas de eliminar la separación como paso previo, son mucho mayores que los inconvenientes que algunos han planteado. Con la nueva norma, aprobada en el último consejo de ministros, las parejas que lo desean podrán divorciarse a los tres meses de su matrimonio sin demasiadas dificultades y se ha retirado el requisito de la culpabilidad de una de las partes por entender que nadie está obligado a convivir con quien no desea. Hasta ahí nada que objetar.

El problema está en otra de las cuestiones que se plantea: que la guardia y custodia sea compartida. Algunas asociaciones de mujeres separadas y divorciadas han advertido, y con razón, que esto puede resultar perjudicial para los hijos que necesitan una estabilidad y no verse sometidos al estrés de repartir su tiempo al 50 por ciento con cada progenitor. Ya sabemos que si todos fuéramos civilizados, maduros y nos comportáramos como adultos responsables y protectores, el asunto podría cumplirse sin mayores problemas, pero eso no suele ser así, sino más bien al contrario y en muchísimos casos de divorcio los hijos son utilizados por sus padres como moneda de cambio para conseguir sus intereses.

Sólo un porcentaje mínimo de las rupturas se hace de mutuo acuerdo en la verdadera acepción de la palabra y de ahí que la custodia compartida pueda ser más un problema para los más pequeños que una solución. El asunto podría tener una solución intermedia, regulando mejor la corresponsabilidad de ambos con medidas que ampliaran los tiempos de visita, las vacaciones, el pago real de las pensiones, etc. Sobre todo teniendo en cuenta que según los datos más optimistas , al menos en un 32 por ciento de las separaciones traumáticas se hace una utilización brutal de los hijos. Los niños necesitan un modelo y una estabilidad.

Bastante problema suele ser para ellos afrontar la separación de sus padres, para además estar sometidos al desequilibrio que, llegado el caso, puede producir una custodia compartida llevada a sus últimos extremos. En resumen, que la reforma pinta bien en lo que se refiere a acortar unos trámites largos y gravosos -que suelen provocar además fuertes tensiones entre la pareja-, pero presenta algunas lagunas que deberían limarse en su trámite parlamentario.

OTR/PRESS

 


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