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Rato y Trillo contra Aznar
José Cavero
19/09/2004
Hace unos pocos días se revelaba que el ex ministro Federico Trillo está trabajando en la elaboración de sus memorias políticas, esencialmente centradas en su paso por la presidencia del Congreso de los diputados y por el ministerio de Defensa. De Trillo parece que también pudiera afirmarse que "segundas partes no fueron buenas": si superó la primera prueba con brillantez, y con la imagen de un político sólido y con sentido del humor, el paso por Defensa, por razón de la guerra de Irak y del Caso Yakolev, hizo de él una auténtica "piltrafa política", inútil para cualquier tarea posterior al servicio de la ciudadanía. Quemado y carbonizado está con Federico, mientras trata de recomponer su propia imagen, destrozada por esos dos acontecimientos que le correspondieron durante su etapa ministerial. Pues bien, han contado de don Federico que aprovechará el relato de su responsabilidad en Defensa para expresar su muy escaso convencimiento sobre la oportunidad de implicarse en la guerra de Irak. Pero sólo era "un mandado".
Del mismo modo, se viene a confirmar ahora lo que muy repetidamente se contó en su momento, a saber, que Rodrigo Rato había mantenido una pública y reiterada oposición –siempre discreta- ante la voluntad firme y entregada de Aznar de implicarse en esa infausta y desgraciada guerra de nunca acabar. Se han proporcionado ahora detalles de en qué medida Rato disentía de los propósitos de Aznar y le advirtió de dónde podían llegar las cosas: "Esta política nos puede llevar al desastre". A Rato, su política de discrepancias con "el jefe Aznar" lo anuló decisivamente como candidato a la sucesión. A casi todos parecía que Rato hubiera sido mucho más sólido y solvente candidato, pero Aznar vio en Rajoy a un personaje más flexible y acomodaticio con sus propios planteamientos ¿Qué cabe deducir de todos estos planteamientos y análisis de conductas? Lo ya conocido sobradamente de muchos análisis anteriores: Que también las "segundas partes" de Aznar, su segunda legislatura de mayoría absoluta, le sobró y arruinó su carrera y su imagen. Resultaba ser un jefe del gobierno autoritario, decidido a llevar adelante y a imponer, sistemáticamente, sus propias opiniones, sin ceder a ninguna otra argumentación que no naciera en su propia cabeza y en los "sí, señor" que le rodeaban, y que hicieron carrera gracias a su disposición permanente a elogiar las buenas ideas del jefe Aznar.
OTR/PRESS
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