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La actualidad del tirachinas
José Cavero
17/09/2004
Buena parte de los periódicos del país, o de la Nación, coincidieron este viernes en proporcionar una bella pero incómoda imagen de la guerra de Izar: un trabajador de los astilleros de Sestao hace uso de un tirachinas en su combate contra la ertzaintza o policía autonómica vasca. Dicen los cronistas que con esa clase de armas fundamentales y de muy larga tradición histórica, los trabajadores lanzan bolas de acero con una potencia extraordinaria de fuego. Al lado contrario, los policías tampoco se cortan, y un trabajador en combate, de entre los quince que sufrieron contusiones, se vio en la necesidad de recurrir a los servicios médicos con un ojo severamente alcanzado por una pelota de goma. Es la guerra, y toda guerra tiene bajas, como es bien sabido.
Cabe hacerse la reflexión de si a la ciudadanía le interesa o le preocupa el conflicto de Izar por causa del severo riesgo en que se encuentran unos cuantos miles de puestos de trabajo, por las implicaciones políticas que tiene este problema de supervivencia de una empresa, o por el alto coste que empieza a tener para la paz social y laboral. Cada día vemos en los telediarios la caída a tierra de una farola urbana, o cómo arden neumáticos y un trozo de carretera con ellos, o cómo se lanzan al mismo fuego de la protesta social y laboral los contenedores de basura de alguna de las ciudades de esta guerra, que tan perfectamente reflejó y relató la película “Los lunes al sol”.
Como hace algún tiempo que no teníamos un serial de esta especie, es comprensible que los telediarios dediquen al problema abundante atención e imágenes vivísimas, acaso para contrastar con la apretadísima oferta de programas llamados del corazón y otras vísceras. Para algunos observadores, parece evidente que la defensa de un puesto de trabajo en una empresa pública, con garantía del Estado, todo lo justifica. Incluso que esa empresa a cargo de los presupuestos del Estado se dedique a confeccionar yates de placer. Otros analistas, en cambio, entienden que estos astilleros públicos debieron haberse cerrado hace unos cuantos años pero faltó valentía de los políticos de turno. De manera que los ciudadanos corrientes pudiéramos habernos ahorrado, en los últimos años, algunos impuestos mal empleados. ¿Qué sentido tiene que el Estado siga teniendo obreros de la construcción de barcos en empresas deficitarias? ¿Y por qué no de simples obreros de la construcción, o de libreros, peluqueros o criadores de mascotas?
Lo cierto es que hay una guerra con sucesivas batallas en desarrollo en ciudades con astilleros que no se resignan a pasar a la normalidad de un estado con racionalidad financiera. Con algunas peculiaridades y sospechas: en la mencionada batalla de Sestao, los encapuchados usuarios de tirachinas pueden ser fresadores de Izar, pero tampoco habría que descartar que hubiera, infiltrados en sus filas de combate, experimentados participantes en la kale borroka, con su uniforme de pasamontañas y pantalón ignífugo. El ciudadano contempla, pero no calla. Y en algún momento pasará factura al responsable político que no ha sabido resolver un problema así de estruendoso.
OTR/PRESS
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