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A golpe de talonario
Ernesto Carratalá
17/09/2004
El "nuevo talante” tiene esas cosas. El presidente Rodríguez Zapatero, con su forma de gobernar, -diálogo ante todo-, ha metido la pata en un fango pantanoso del que le va a costar mucho esfuerzo salir. Ahora, cada vez que acuda a un acto, se puede encontrar con que un grupo de trabajadores de la zona, agraviados por un conflicto de tipo social, le exijan reunirse para intentar llegar a una solución.
Que sea “papá Estado” el que nos saque las castañas del fuego es uno de los vicios nacionales en desuso desde que los bienpensantes economistas del mundo mundial decidieron comer el coco a las autoridades para que éstas dejasen los mercados a su entera libertad para actuar. Las regulaciones, en materia económica, ya no se llevan. Ahora todo es liberalismo. Hasta en China cuyos gobernantes, muy autoritarios ellos a la hora de hablar de libertades públicas, dejan a los mercados que hagan y deshagan a su antojo para convertir el país prácticamente en la segunda potencia económica, inmediatamente detrás de Estados Unidos. Así es el socialismo de nuevo cuño que preconizan los sucesores de Mao.
Pero España es diferente. En España nos gusta eso del liberalismo económico hasta que nos tocan las pelotas. Entonces exigimos que venga Solbes con la chequera y nos dé de comer. Da igual el estrato social del que procedan las protestas y presiones. Los trabajadores por una parte. Pero también los empresarios que a la hora de llorar para pedir mas subvenciones son únicos.
Desde finales de la década de los setenta, se sabía cuál era la situación de los astilleros españoles. Polonia, primero, y Corea y Japón, posteriormente, practican un dumping al que tienen derecho porque, claro está, si hay libertad de mercados, la hay para todos. Y yo fijo los precios que me da la gana, que si cubro costes y obtengo beneficios es porque soy mas listo que los otros.
Durante la primera reconversión del sector naval, cuando Carlos Solchaga era ministro de Industria, y le llamaban en las manifestaciones aquello de “Solchaga, enano, eres un marrano”, éste, al que se le podrá criticar sus actuaciones pero nadie puede dudar de que es una de las mentes mas preclaras en lo que a economía productiva de este país se refiere, lo dejó bien claro: “los astilleros públicos no podrán sobrevivir mucho tiempo porque la Comunidad Europea, - entonces se llamaba así -, nos acabará por prohibir las ayudas”. Y eso es lo que ha pasado. Desde 1984 hasta hoy han transcurrido veinte años de dura agonía durante los cuales las factorías de Sevilla, Cádiz, Ferrol, Gijón y Bilbao, han sido mudos testigos de cómo se perdía, poco a poco, la producción. Cómo dejaban de entrar pedidos, cómo se incrementaba el goteo de las prejubilaciones y cómo los proyectos de sus gestores, tendentes a buscar alternativas como las reparaciones de buques, no lograban hacer remontar el vuelo al sector naval español.
En 1987, en plena etapa privatizadora de las empresas públicas, el PP creyó haber encontrado la solución. Las ganancias obtenidas por los astilleros militares podían acabar por enjugar las pérdidas de los civiles. Rato, tal vez en uno de sus pocos errores como responsable de la cosa económica, se mostró entusiasta partidario de la idea de fusionar AESA, - la división civil, y Bazan en un solo grupo: Izar.
Las fusiones tienen estas cosas. Si juntas lo bueno y lo menos bueno, lo habitual es que el producto acabe por convertirse en excelente ya que lo menos bueno acaba por aprovecharse de la experiencia de lo bueno. Pero se corre el riesgo de que suceda al revés, y que la unión acabe por ser un desastre. Y eso ha ocurrido en este caso. La antigua Bazan ha sido incapaz de salvar a AESA y ahora las cosas se han puesto muy feas para todos. Rodríguez Zapatero dijo una frase de la que puede acabar por arrepentirse: “este Gobierno va a salvar a los astilleros españoles”. ¿Cómo?. ¿A golpe de talonario?. ¿Con decisiones políticas?.
El debate sobre el futuro de los astilleros públicos de este país no puede centrarse en ligerezas como la cometida por ZP. La solución, por mucho que nos duela, pasa por el cierre de algunas factorías, la venta de aquellas que, con una gestión eficaz, puedan ser rentables a largo plazo, y el mantenimiento de las que, hoy por hoy, no suponen una carga para nuestros bolsillos. Hay que establecer, de la manera mas objetiva posible, el excedente de trabajadores, y ofrecer a los que sobran una salida lo menos traumática posible mediante prejubilaciones y bajas incentivadas aunque el ministro Caldera se muestre poco partidario de este tipo de fórmulas. Y hay que establecer unas bases serias para que esta sea la última reestructuración del sector. Si no, dentro de unos años volveremos a lo mismo. Hay que dejar de hacer trampas en el solitario.
O eso, o si no, a Zapatero le queda la posibilidad de llamar a Solchaga para que le asesore. Cualquier cosa menos prometer algo que jamás se podrá cumplir.
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