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La frontera de los mil muertos
Carlos Carnicero
09/09/2004
La tecnología hace que los ejércitos modernos no estén preparados para asumir la muerte de sus soldados. Los nuevos mercenarios están entrenados para matar con eficacia y para esquivar la muerte; no para morir. Por eso se hace tan insoportable, en plena campaña electoral norteamericana, la cifra de mil soldados norteamericanos muertos en la guerra de Irak. Los tiempos modulan las estadísticas y las adecuan a lo que las opiniones públicas consideran aceptable. El umbral de la muerte, en la guerra de Vietnam, fue de cincuenta y seis mil soldados norteamericanos fallecidos. Es verdad que nunca nadie se puso de acuerdo sobre la cifra de víctimas vietnamitas, que en todo caso superaron los dos millones de personas. Pero occidente no recuenta los cadáveres del enemigo.
Ahora, con mil soldados muertos en Irak de un ejército que ha provocado decenas de miles de víctimas iraquíes, la guerra no solo se muestra más innecesaria sino que ha encendido un fuego en el mundo que se extiende desde Chechenia a Yakarta y desde Madrid a Cisjordania con un incremento exponencial de la inseguridad que vaticina tiempos en los que nos tendremos que acostumbrar a la barbarie del terrorismo y a la brutalidad de su represión. El ejemplo de Osetia es reflejo de lo que nos aguarda. Todos los males son contagiosos y Vladimir Putin ha decretado el uso de la guerra preventiva, con toda su potencia de fuego, en cualquier lugar del mundo. Menos mal que de momento descarta el uso de la bomba nuclear. El terrorismo se extiende y la única respuesta que se atisba es más de una medicina que solo es un corrosivo.
Mil muertos norteamericanos todavía no son bastantes para que la sociedad de ese país se conmueva. Los ataúdes siguen escondidos y las víctimas, a diferencia de las de Vietnam, no son estudiantes de Yale, Columbia o Harvard, sino jóvenes latinos y negros que cayeron en la trampa de constituirse en mercenarios de unos tiempos en que los hijos de los senadores -véase la película de Michael Moore- no aprenderán nunca a montar un fusil. Lo soldados que mueren forman parte de las familias de la norteamérica que no está inscrita en los colegios electorales, que no tiene capacidad de hacerse oír en los noticieros de las grandes cadenas y que no saben lo que dicen los columnistas prestigiosos del Times o del Post. Esa norteamérica humilde puede seguir almacenando de uno en uno sus muertos sin que pase nada porque sus entierros no se televisan para no perturbar la digestión de los contribuyentes. Porque además, hemos conseguido que enfrente, las madres iraquíes, simulen que no tienen sentimientos. Esta es la guerra que muchos españoles quisimos evitar.
OTR/PRESS
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