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Sampedro debía vivir
Fernando Bernácer
10/09/2004
”Ramón, ¿por qué morir?” Una de las primeras frases de la película Mar adentro, que se ha estrenado en los cines españoles hace unos días ha reabierto, sin pretenderlo, el debate sobre la eutanasia. No era la intención, según ha dicho él, del propio director, Alejandro Amenábar, quien sólo pretendía reflejar la poco deseada vida del tetrapléjico gallego Ramón Sampedro quien luchó, sin conseguirlo, por un reconocimiento legal a la muerte asistida.
Mar adentro es la película más triste que haya podido ver nunca. Pero lo que más pena da al espectador que se acerca a ella sin prejuicios es que una persona con la integridad moral de Ramón Sampedro, capaz de sostener sobre sus hombros inútiles la estabilidad de varios núcleos familiares, no tenga ganas de vivir. Según lo pinta Amenábar, el tetrapléjico gallego es un hombre extraordinario: inteligente, bondadoso, cariñoso y respetuoso. Con fuerzas para mantener unidos a su padre y a su sobrino que, actuando juntos en los proyectos mecánicos que idea Sampedro, retoman una relación familiar cercana a la destrucción. En su invalidez, el protagonista nos descubre la sencillez y abnegación de Manuela, su cuñada, que nos recuerda que existe una felicidad en el sufrimiento y en el servicio a los demás. Es el propio Ramón Sampedro quien saca a flote a Rosa, nombre cinematográfico de Ramona Maneiro quien, con sus hijos a cuestas, encuentra en ese bulto parlante una razón para tirar hacia adelante a pesar de los problemas, los rechazos y las incertidumbres.
En este contexto, es asombrosamente triste descubrir que Ramón Sampedro no encuentra un motivo para aferrarse a la vida. Si no fuera porque de antemano se sabe que se trata de una historia basada en un hecho real, uno espera que el tetrapléjico descubra, ya sea en la luz grisácea del cielo gallego o en el rumor lejano de las olas que escucha por su ventana, o en la mirada del pequeño de Rosa, la joven de Boiro que está enamorada de él, que el mundo seguía necesitando de Ramón Sampedro muchos años más. Por no citar un desenlace a lo americano, con la aparición de un remedio eficaz que pusiera fin a los días inmóviles del infortunado personaje.
Pero no es así y Sampedro desea una muerte digna. Las sonrisas, los detalles, el cariño de los demás no detienen sus afanes autodestructivos. Hasta la abogada que defiende su causa desde la Asociación por una Muerte Digna le pide que se lo piense dos veces en su última conversación con el tetrapléjico. Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿dudaría el propio Sampedro? Nunca lo sabremos.
Como conclusión, subyace el máximo respeto a la decisión de Ramón Sampedro, que puso fin a su existencia por haber perdido las ganas de vivir. Pero –no puedo evitarlo- no me gusta el suicidio, y lo que puede ser aceptable moralmente en el caso del inválido gallego no puede generalizarse para todos los que atraviesen por una situación similar. Que se lo pregunten a los parapléjicos y tetrapléjicos que viven aferrados a un paisaje, un sonido o una sonrisa. Mentes vivas en cuerpos muertos que merecen tanta consideración como el que quiere morir. Porque si uno sólo es digno de estar vivo cuando tiene condiciones físicas y psíquicas plenas caemos en el mismo error del aborto en caso de malformaciones, la eliminación del más débil, del que no puede defenderse y la negociación del principio de igualdad, que también es válido para los que no tienen voz.
Lloverán las críticas a esta reflexión. ¿Por qué? Porque algo parecido dice la Iglesia, aunque su testimonio resulta ridiculizado, una vez más, en la película de Amenábar. El brillante cineasta recurre a la figura del cura tetrapléjico mandón y de dos seminaristas amanerados para desengrasar la tristeza de la película y desacreditar la opinión de los católicos, una más sólo en un Estado que presume de su laicismo.
Sin defender a una institución que, después de 2.000 años de existencia, se ha equivocado muchas veces, es evidente que hay que respetar todas las opiniones en un tema tan controvertido como la eutanasia. ¿O es que todos somos iguales, pero unos más que otros? |
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