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La dictadura de la opinión
José Cavero
08/09/2004
Al final, se impuso “la dictadura de la opinión publicada”, o sea, lo que periódicos y analistas habían venido reclamando desde que, por razones veraniegas, la comisión de investigación del 11-M decidió tomarse también un asueto antes de regresar a la mesa de trabajos el primer martes de septiembre. Los medios informativos habían sido enormemente críticos en esa primera fase de trabajos, y lo fueron en mayor grado todavía cuando sospecharon que los parlamentarios comisionados querían cerrar cuanto antes y dar carpetazo definitivo al asunto con la “salida” de una ampliación del consenso de los partidos en materia de lucha contra el terrorismo internacional. El propio Zapatero llegó a decir que los ciudadanos ya habían llegado a saber bastante del asunto. “Lo esencial ya se conoce”, proclamó. ¿Está seguro el señor presidente? Pues, a tenor de lo que han explicado los analistas políticos, muchísimo menos de lo razonable, y sobre todo de lo deseable, en un asunto de tantísima trascendencia y de tanto dolor y sangre derramada.
De manera que hubo nuevamente unanimidad, sobre todo expresada por la opinión publicada y los grupos parlamentarios menores, que suelen ser los más sensibles a tal opinión, primero, y a continuación también de los dos “súper grupos” del Parlamento. Nadie se atrevía ya a proponer el final de los trabajos y se hacía imprescindible determinar nuevas comparecencias. Y de ese modo, quedaron para mejor ocasión, por ejemplo, los ciento trece folios de conclusiones que llevaban a la comisión los socialistas, con las correspondientes conclusiones para ser elevadas al pleno de la Comisión y votadas, con toda probabilidad, por el resto de los partidos, con exclusión de la representación del PP.
Visto el panorama, el presidente de la comisión, el canario Paulino Rivero, no tuvo otro recurso que convocar a los integrantes de la comisión, ya unánimes en prolongar sus trabajos, para hacer los deberes siguientes: a quién se debe invitar a comparecer, y cuánto tiempo más se da de vida la comisión para evitar que se siga diciendo de ella que ha sido perfectamente inoperante e inútil hasta un arreglo de los partidos para distraer sin resolver.
Y, desde luego, si de antemano habían llegado a un acuerdo los dos grandes grupos parlamentarios en evitar la presencia de Aznar, eso ya no será posible, con toda probabilidad. Todos quieren ahora, o cuando menos nadie descarta, el gran show de la reaparición en escena de quien, por entonces, era el jefe del Gobierno de la nación y responsable máximo del Gobierno, y de los máximos funcionarios de la seguridad del Estado aún no solicitados, esencialmente el ex secretario de Estado de Seguridad, Ignacio Astarloa. ¿Y los confidentes? ¿Quién teme a los confidentes? Parece que los altos cargos de Interior no las tienen todas consigo sobre lo que pudieran relatar y revelar esos “indeseables chorizos”, como han sido definidos o descritos, que están todos los días en la prensa escrita proporcionando inquietantes pormenores, pero a quienes algunos preferirían no tener que escuchar en el estrado de la cámara de representación popular.
Pero es probable que también se atienda, en este punto, a la opinión pública y publicada. ¿Quién teme al lobo feroz de la información exhaustiva, total, completa, verdadera y contrastada sobre el mayor crimen terrorista de la historia de España? ¿Quién podrá oponerse a su revelación en la sede de la representación popular, nada menos? Así dicho, no parece que nadie se atreva a representar tal papel.
OTR/PRESS |
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