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Pobres famosos

Fernando Bernácer

06/09/2004

El desmedido interés por la vida de los famosos está a un paso de desencadenar una epidemia de trastornos psicológicos entre los objetivos más acechados por la conocida como prensa del corazón. La duquesa de Alba, presa de un ataque de nervios. La petarda de Tamara, con varios intentos de suicidio a sus espaldas. La madre de la hija del torero Jesulín, (la Belén Esteban), con el azúcar tipo montaña rusa). Y los restos de Carmen Ordóñez, sin poder descansar por el temor de que un flashazo deshaga la paz del cementerio ése tan animado por la noche del que hablaba Mecano en los años 80.

Está claro que una persona tiene derecho sobre su intimidad y su propia imagen. Por lo que tenemos entendido en nuestro sistema de Derecho, esta facultad no se puede perder en ningún momento de la vida. Incluso cuando la persona haya vendido en repetidas ocasiones su privacidad tiene el poder de recuperar el control sobre ella y reclamar responsabilidades a quien traspase esa frontera de lo propio bajo la que se recogen esos derechos denominados personales.

De todas maneras, suele llamar mucho la atención que personas como las arriba citadas, no conocidas en lugar alguno por sus méritos personales sino por la cercanía a alguien que una vez convivió con un famoso (por ejemplo), protesten cuando son acosadas por esos micrófonos sin logotipo que hacen noticias hasta con los silencios y los rostros de indiferencia de los enfilados por las cámaras.

Se llega a esta situación por la avidez de unos pocos listillos, profesionales de la comunicación cansados de la información útil, que atisban una fuente de dinero de incalculables proporciones en el destripe de esos rostros, digamos, populares. Estos listillos, que son los únicos que se hacen ricos con esta grotesca forma de periodismo, se aprovechan de la precariedad de esta profesión para contratar a recién titulados que, a cambio de un sueldo miserable, están dispuestos a perder, además de la vergüenza, las ganas por hacer cumplir las tres funciones básicas de este trabajo: informar, formar y entretener.

El tercer grupo de responsables de la situación caótica que vive el medio televisivo está formado por aquéllos como el que escribe estas líneas que, aunque aborrezcan estas prácticas, están enterados de todo lo que se cuece en esa gran ensaladera de la salsa rosa. Con frases como ”es que no hay otra cosa” o ”así me duermo la siesta” o ”vamos a ver qué dice este tonto” nos tragamos los anuncios que intermedian estos programas y contribuimos a pagar, a través de la inversión publicitaria, la nómina de los listillos a los que se les ocurrió esta manera de tele-basura.

Claro que esto se va a acabar el día que a uno de estos acosados se le crucen los cables y aparezca con un sable japonés a la puerta de su gigantesco chalet. Ya lo hizo Maradona, que disparó tres veces contra un grupo de periodistas hace unos años. Entonces, nuestros representantes públicos caerán en la cuenta de que es necesario legislar sobre la presencia de estos programas en nuestros medios de comunicación y nosotros agacharemos la cabeza y nos obligaremos a dormir la siesta con los documentales de La 2. Entonces sí que se habrá impuesto esa otra forma de televisión de la que tanto se nos habla estos días. Pero será tarde, me temo.

 


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