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Frivolizar con la violencia de género
Ernesto Carratalá
06/09/2004
Estamos concluyendo la temporada estival y siguen escaseando las noticias. Ni buenas ni malas. Así las cosas, y de cara a la reanudación del curso político, nos encontramos en un periodo propicio para la reflexión. Una reflexión alejada de la precipitación que suscita la actualidad inmediata. Mucho mas reposada y, por lo tanto, de mas calado.
Y a mí se me ha ocurrido una que tiene que ver con muchos mundos entremezclados: la televisión, la denominada “prensa rosa”, la alarma social que se genera debido a la divulgación de ciertos sucesos, y la llamada violencia de género. Lo mezclamos todo en una coctelera y el producto es mas explosivo que la nitroglicerina.
Nadie quiere que se pongan límites a la libertad de expresión. Pero, ante situaciones determinadas, hay periodistas que pensamos que ha llegado el momento de ejercer la más estricta autorregulación de un derecho tan fundamental como es el de estar perfectamente informados. Especialmente en la televisión y, sobre todo, en los programas dedicados al mundo del corazón porque, desgraciadamente, y lo digo con todas las consecuencias, en este país todavía existen muchos horteras que les da igual si la economía va bien o si sus políticos se entregan a la cosa pública, pero ponen el grito en el cielo si un personaje público, sea un actor, cantante, play boy, la putita amiga del play boy, o la asistenta de todos ellos, sale en la “caja tonta” a echar pestes de su último amante, de su jefe, de su ex marido o mujer, de su novio, etc. Hechos o acontecimientos sin trascendencia alguna que, no obstante, generan una fuerte influencia sobre determinados sectores sociales.
Y en eso, mira por donde, le doy la razón al fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Eduardo Fungairiño, cuando dice que él sólo ve los documentales de la BBC, “por razones de higiene mental”. Yo también comparto su criterio. Ver la televisión es tener que soportar comentarios sobre un conocido actor al cual pega su mujer con un periódico en la terraza de su casa, si la ex novia de un cantante le ha denunciado en el juzgado, si un “personaje de la noche” que yo recuerdo haber visto alguna vez como relaciones públicas de alguna reunión financiera celebrada en Casablanca, era o no castigado por su compañero/a sentimental, si otro conocido actor, gracias al cual mi generación pudo descubrir los encantos femeninos sin pasar por la vicaría, poco menos que iba dejando rastros de sangre de sus mujeres, amantes y hasta domésticas por los pasillos de su casa, o si una periodista intenta tener sus cinco minutos de gloria denunciando a los “maltratadores” que le “destrozan” sus medios de trabajo. Todo un rosario de “violencia de género” . ¡Qué asco de mundo!
Apagaría la televisión y me olvidaría de semejante basura si no fuese porque la gente que va a contar esos casos, que por cierto creo que ganan un pastón por ello, están jugando con uno de los asuntos que mas preocupan en España: la violencia de género.
La irresponsabilidad de los que hablan frívolamente de malos tratos en el mundo de los famosos llega a tal extremo que no se dan cuenta de las consecuencias de su actitud. La publicidad de sus propios actos puede acabar por generar efectos perniciosos en una sociedad muy sensibilizada en torno a este asunto. Pongamos un ejemplo: la ex mujer de un famoso torero llegó a manifestar, en una cadena de televisión, que su ex marido la maltrató porque le fue infiel. Si tal idea acaba por calar, los juzgados se verán saturados de denuncias de malos tratos por infidelidades conyugales. ¿Se imaginan? Seamos serios, que el adulterio hace años que fue despenalizado.
La sociedad, en general, debe tomarse en serio esto de la violencia de género. No se puede frivolizar con un asunto extremadamente grave, y en el “mundo rosa” se deben establecer unas mínimas reglas de juego para evitar que los desaprensivos, que lo único que van buscando es el dinero de las televisiones, - allá ellas si lo paga en lugar de invertir en programas de calidad -, impongan su ley en torno a un tema que, por lo demás, requiere de una seriedad que nadie se está tomando.
Mas o menos viene a decirlo una política intachable como es Pilar Rahola. Corremos el riesgo de que nos pasemos de la raya y acabemos por convertir cualquier gesto de las relaciones de pareja o familiares en un acto delictivo. Y tampoco es para que nos tomemos las cosas tan dramáticamente.
Buscar el equilibrio es difícil. En lo que a violencia de género se refiere aún más. Pero si, encima, hay unos cuantos gilipollas en este país que se encargan de echar gasolina al fuego, éste difícilmente se extinguirá.
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