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Home  Opinión  Antonio Casado
 
La película de Amenábar

Antonio Casado

03/09/2004

Hoy, sábado, se estrena en el Festival de Venecia la película de Amenábar 'Mar Adentro'. Algo más que un acontecimiento cinematográfico. Ojalá que la mirada de los europeos, y los potenciales espectadores del resto del mundo, sirva para extender el debate ya reabierto aquí sobre la eutanasia y la necesidad de regularla en las leyes.

Las propias declaraciones del director y los actores han sido precursoras del debate social y político que nos espera para los próximos meses. Se habla del derecho del ser humano a una muerte digna. Nada menos. Con ese telón de fondo alzado por la película de Amenábar, en base al drama real del tetrapléjico Ramón Sampedro, los socialistas van a llevar el correspondiente debate político al Parlamento con la intención de despenalizar la eutanasia antes de que termine la Legislatura.

El tercer prisma de acercamiento al problema es el religioso. Y ahí seguramente volveremos a topar con la eterna cuestión entre el fuero religioso y el de los poderes públicos que, en un Estado aconfesional, tienen la obligación civil de regular lo que de hecho ya ocurre en el seno de la sociedad.

El principio, civilista, como diría Zapatero –o sea, no religioso- está muy claro a mi manera de ver: no hay legitimidad mayor para decidir sobre la propia vida que la voluntad de quien debe vivirla. Hasta que, por la razón que sea, decida dejar de hacerlo. Es un principio de abolición imposible.

Como se ve, queda perfectamente caracterizada la figura del suicidio, sobre el que solo puede gravitar una penalización estrictamente religiosa (la condenación del alma) y en ningún caso civil, pues el eventual culpable ya no es perseguible por la acción de la Justicia. La eutanasia en realidad es un suicidio asistido donde, según la legislación vigente, cabe una acción judicial sobre el asistente.

Ese es el nudo de la cuestión. Somos tan cínicos en nuestra estirpe judeo-cristiana que, puestos a buscar un culpable que aligere nuestra mala conciencia colectiva, nos olvidamos de las razones del 'suicida' –rey único de su vida- y hurgamos en las del actor invitado que, salvo casos de ocasional participación retribuida, actúa por amor o por compasión, como es el caso que cuenta la película.

OTR/PRESS
 


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