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La peste de España

Antonio Asencio

01/09/2004

Lo ha dicho la mismísima Duquesa de Alba. Somos la peste de España. Sí, se refiere a nosotros. A mí, a quién firme debajo de mí, y a muchos más de los que ejercemos esta      –hasta hace poco- honorable profesión. Salía del hospital donde su asediada hija se encontraba en tratamiento por todos los mareos que esta noria del corazón mediático le ha ocasionado, se dirigió a un grupo de “periodistas” (paparazzi y alcachoferos corre-calles), y les acusó: “sois la peste de España”.

En el siglo XVII, el Duque de Alba se encargó de la rebelión protestante de los Países Bajos. Fueron ellos, los protestantes rebeldes que amenazaban con escaparse de los privilegios del Antiguo Régimen, católico e hispano, la “peste de España” para los Alba de hace casi cinco siglos. En fin, Reformas y Contrarreformas al margen, ¿qué ha pasado para que la peste, que ha sido una plaga itinerante en nuestro país, y que ha ido cambiando de dueño –primero judíos, protestantes, gitanos…- ahora recaiga sobre nuestros hombros? Nuestra promiscuidad informativa, sin duda. La peste mediática, la plaga electrónica del siglo XXI, está pululando libre por las ondas. Y es que las redacciones están en cuarentena, los micrófonos empiezan a esterilizarse por miedo al contagio, y en las televisiones se señala a los portadores de la enfermedad. Portadores invisibles. Nadie quiere reconocer que padece de “peste mediática”.

Si te descuidas, te "roban" unas fotos. No importa que seas la hija del presidente del Gobierno, ni que hayas fallecido, como le pasó a la hija del torero Antonio Ordóñez. La peste mediática no tiene en cuenta alcurnia ni profesión, no distingue entre el político y la actriz de telenovelas: la carne informativa es golosa para este virus voraz que se adueña del copyright de tu vida privada. La eutanasia televisual no existe: tu muerte, tu vida, tu desdicha ya no sólo es administrada y decidida por los dioses del azar, sino por periodistas, por opinantes, por el foro continuo donde vida, amor y muerte se centrifugan sin solución de continuidad. Y es que los mediterráneos somos adictos a la tragedia, al escenario donde lo grotesco se culmina a sí mismo con un final de la vida elegida por el fatum (destino) y nunca por nosotros. En cambio, los protestantes, aquella peste que tanto daño nos hizo desgajando a Flandes de un futuro incierto (les fue mucho mejor sin nosotros, sin duda) elevaron la privacidad, la libertad íntima, a columna vertebral de su sociedad.

Tal vez haya llegado ese momento en que debamos buscar una vacuna contra nosotros mismos. Vacunas efectivas, a modo de leyes que protejan aquellas partes del individuo que deberían ser inviolables, y que tienen que ver con la libertad de cada ser humano a vivir cómo y con quien quiera, la libertad de no ser un personaje infame de una tragedia mal escrita. Y me da a mí que esa vacuna nos la podrían enseñar los protestantes, antiguos infectos a quienes renunciamos. Si no, millones de bits infectados, de moléculas informativas nocivas, seguirán destruyendo la intimidad de personas (sí, son personas) y lo que me produce más tristeza, nuestra profesión de informar.
 


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