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Bush y Moore
Rafael Torres
01/09/2004
A Michael Moore, ese americano lúcido y valiente que con sus documentales se ha convertido en azote de la Administración Bush, le llamaron de todo los asistentes a la Convención del Partido Republicano, pero una cosa no pudieron llamarle, mentiroso. Llamárselo, me refiero, como se llama eso a un periodista (Moore cubre la Convención para el 'USA Today) llevándole por difamación a los tribunales. No, Michael Moore no miente, y por eso, porque en 'Farenheit 9/11' contó la verdad y nada más que la verdad sobre los abusos de la pandilla que detenta el poder político y económico en su país y en el mundo, le llamaron de todo los figurantes que llenaban el Madison Square Garden de Nueva York.
Con una opinión pública laminada por la propaganda, el fundamentalista patriótico y la desinformación, que se inclina a un lado o a otro por efecto de todo eso con una volubilidad extraordinaria, con un índice de participación electoral insignificante (abstención de hasta un 65 por ciento) y con un caciquismo a la América que siempre echa el resto para inclinar los resultados del lado de sus intereses (hoy, los del clan Bush), puede que el hombre que ha ensuciado con sangre inocente las manos de sus compatriotas, que ha da hecho más violento o inhabitable el mundo, que ha provocado y excitado hasta los límites del abismo los enfrentamientos entre culturas y religiones, que usa la mentira como única y devastadora arma política y que ha recortado las libertades en su nación hasta hacer irreconocible la democracia, puede que ese hombre, digo, proyecte durante cuatro años más su aciaga sombra sobre el mundo. Por esa posibilidad, por esa amenaza, adquiere tanto valor la existencia de individuos como Michael Moore, que ponen su talento, su oficio y su coraje cívico al servicio de la verdad y, en consecuencia, para beneficio de cuantos, se anda siempre con un mundo mejor, asisten inermes, imponentes, a su desventurada deriva.
OTR/PRESS
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