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Niños de verano
Francisco Muro de Iscar
26/08/04
Van como en manadas, vestidos y vestidas como si tuvieran veinticinco, pero sólo tienen doce o catorce años. Están en todos los sitios de playa, con los mismos pendientes y collares –ellas y, a veces, también ellos- y con unos pelos –ellos- como si les hubieran dado un susto de muerte o cortados a lo indio mohicano o con una coleta fina colgando. Están a la una y las dos de la madrugada a la puerta de los bares o en la playa, fumando, no sólo tabaco, bebiendo –el botellón no ha muerto, sigue más vivo que nunca- y despertando a la vida a toda velocidad. Ellas bailan como las “go-gós” de las discotecas. Cuando les oyes hablar, la limitación del lenguaje y los “tacos” te descubren que ninguno progresa adecuadamente. ¿Son niñas y niños o les hemos convertido en adultos estúpidos?
No todos salen a esas horas, afortunadamente. El bloque horario de televisión más visto por los niños de entre ocho y trece años se sitúa en torno a las 22,30 horas. Algunos prolongan esa estancia ante la caja tonta hasta la medianoche. ¿Qué programas infantiles hay a esas horas? Está claro que cuando aparecen esos muñecos diciendo que ya es hora de irse a la cama, los niños les hacen un corte de manga.
Bastantes niños tienen en su habitación un televisor –un 31 por ciento de los que tienen entre 4 y 12 años- o un ordenador con conexión a Internet, y, por supuesto, los videojuegos son el alimento intelectual más usado. Los niños españoles pasan el mismo tiempo ante el televisor –casi cuatro horas diarias- que en clase –no llega a una media de cinco horas diarias- y, desde luego, muchos de los contenidos de los programas infantiles –o que “cuelan” entre ellos- son claramente inadecuados para ellos. Seguramente por eso, los niños, que no son tontos, prefieren ver la tele en horarios de mayores. Si les van a dar basura, mejor que sea basura de primera.
Todo eso es verdad. Pero me preocupa menos que otras cosas. ¿Cuántos padres saben qué programas ven sus hijos o que buscan en Internet? ¿Qué padres, y para qué, le compran un televisor para su habitación a un niño de ocho años? ¿Cuántos padres ignoran qué fuman y qué beben sus pequeñitas y pequeñitos? ¿Quién les deja vestir como mayores, salir sin ningún control hasta las tantas de la noche y hablar como hablan? Ellos no tienen la culpa.
OTR/PRESS
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