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Home  Opinión  Luis del Val
 
El último vuelo de Ángel Álvarez

Luis del Val

23/08/04

El año pasado, desde su despacho en la Gran Vía, de Madrid, me contaba Miguel de los Santos las vicisitudes que rodearon el paleozoico de 'los 40 principales', el espartano ambiente, la escasez de grabaciones y novedades. Y, en aquél páramo del decenio de los sesenta del siglo pasado, había un tipo que no sólo sabía muy bien quién era Bob Dylan, sino que, gracias a su trabajo de radiotelegrafista en los vuelos de Iberia, traía desde Nueva York la última grabación del que ya era un mito y, aquí, todavía un desconocido. Ángel Alvarez venía a ser el cosmopolita que acude a las fiestas patronales y que deslumbra a los lugareños con sus experiencias y el mundo que ha visto, y pasó el tiempo, y su programa “Vuelo 605” cautivó , desde diversas emisoras, a tres generaciones de españoles.

No cabe duda que en la crónica sentimental de España la voz susurrante, íntima, confidencial, de Ángel Alvarez, ocupa un lugar destacado, tan destacado como esas melodías que traía de Estados Unidos y que se fueron transformando en celestinas de nuestros sentimientos, en sugerentes de tiempos y ambientes en cuanto vuelven a sonar. Y, cuando se escuchaba la voz de Ángel Álvarez, uno tenía la sensación de que el mundo se ensanchaba o, todo lo contrario, se volvía íntimo, como si alrededor de una melodía cupieran todas las culturas y el planeta fuera un cuarto de estar con un pick-up o un tocadiscos portátil.

Tengo comprobado que la gente con vocación de discreta se muere en agosto. Aprovechan las vacaciones de los demás para librarles de tener que salir antes del trabajo y acercarse al tanatorio o complicarles la vida con la redacción de una necrológica. Puede que en esta sociedad de estrellas de papel albal Ángel Alvarez no recibiera todo el reconocimiento que se había merecido, pero ha tenido la gloria de incitar al buen gusto, de abrir horizontes, de enriquecer nuestro panorama, cuando el panorama era un patio de vecindad en el que estaba prohibido asomarse al exterior. De los vuelos de Ángel nos beneficiamos todos. Y ha emprendido el último, en agosto, quién sabe si huyendo de la canción del verano.

OTR/PRESS

 


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