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Para entender el proceso venezolano (II)

Doménico Chiappe

· Lea 'Para entender el proceso venezolano (I)'


20/08/2004

Una vez que se aprueba la constitución redactada por partidarios de Hugo Chávez, en 1999, se declara la “Transitoriedad” y la Asamblea Constituyente, que redactó la carta magna, es reemplazada por el “Congresillo”, cuyos miembros son seleccionados por el Presidente. El “Congresillo” sustituye al Contralor General de la República, al Fiscal General, a las autoridades del Consejo Nacional Electoral, al Procurador General, al Superintendente General de Bancos, al presidente del Banco Central y al presidente del Fondo de Garantía de Depósitos. Nombra al Defensor del Pueblo, máxima autoridad del Poder Moral recién creado. Disuelve la Corte Suprema de Justicia y crea el Tribunal Supremo de Justicia con nuevos magistrados. Para ninguno de estos cargos existen elecciones o concursos públicos y los nombramientos durarán el lapso estipulado en la nueva Carta Magna: doce años los magistrados del TSJ y siete años para el fiscal, el procurador, el contralor y los miembros del Poder Electoral (que este domingo se encargó de contar los votos del referendo revocatorio).

Se convocan elecciones populares para las gobernaciones, alcaldía y presidencia de la República. El Tribunal Supremo recién elegido sentencia que las decisiones que tomó, tome y tomará el Congresillo gozan de carácter “supraconstitucional”, es decir que no hay ley, ni siquiera la propia Constitución aprobada en referendo, que pueda impugnar sus actuaciones.

Hugo Chávez gana las elecciones presidenciales y la mayoría de los gobiernos regionales. Comienzan sus seis años de gobierno, con posibilidad de reelección. Para celebrar, el Ministerio de Educación deroga los lineamientos de estudio en la historia patria y ordena la ampliación de la historia contemporánea para incluir la “revolución bolivariana” en los textos escolares.

En apariencia, cuando finalizaron las elecciones, el golpe de Estado de Hugo Chávez había triunfado. Los partidos políticos estaban derrotados, las instituciones democráticas habían caído e, incluso, se había aprobado una Constitución a la medida del gobierno. Pero aún tendría que confrontar una enorme e inesperada resistencia de la sociedad.

Señala Curzio Malaparte que el 18 Brumario estuvo a punto de fracasar debido a la actitud tomada por Bonaparte. “No hace más que moverse, exponerse a la admiración, al odio, al ridículo y al recelo; no hace más que comprometerse inútilmente”. Pero Bonaparte escucha a sus aliados y vence su propia vanidad. Por el contrario, Chávez sucumbe a la egolatría, se desboca en su programa radial Aló Presidente. Se aparta de sus colaboradores, incluido Luis Miquelena. Olvida la lección que Trotsky legó al mundo durante octubre de 1917: controlar los centros técnicos con los que camina el Estado.

El aparato productivo venezolano comienza a deteriorarse desde 1999, pero nunca cambia de manos. Hasta entonces, el principal motor de la economía nacional, Petróleos de Venezuela (PDVSA), que pertenece al Estado, no había sido intervenido por el gobierno. Agobiado por el misterioso agujero negro de los gastos gubernamentales, Chávez intenta un golpe de mano contra PDVSA, para asegurarse una mayor contribución al fisco por parte de la petrolera. Es el detonante. El reforzado liderazgo de las cúpulas sindicales, contrarias al gobierno, hace frente común con los empresarios y convocan la huelga general para la segunda semana de abril de 2002. Las masas toman la calle para exigir la renuncia de Chávez. Los civiles están a punto de lograr su objetivo. Monseñor Baltasar Porras, testigo de excepción de la debilidad de Hugo Chávez, relata que el presidente estuvo dispuesto a firmar su renuncia ante cualquier instancia, a cambio de un salvoconducto que lo llevara al exilio.

La movilización cívica y la represión efectuada por fuerzas paramilitares del gobierno, se utilizan de cortina de humo para emprender una torpe insurrección cívico-militar, de las antiguas, aquellas que no intentan camuflarse en la legalidad vigente. Después de utilizar a los manifestantes incautos, los golpistas desdeñan la salida constitucional, que contempla la investidura del Vicepresidente mientras se convoca a elecciones universales 30 días después de la ausencia absoluta. Pedro Carmona, líder de los empresarios, asume la Presidencia y decreta la disolución del Poder Legislativo y la sustitución inmediata de otras autoridades. Sectores radicales pretenden repetir en una noche el golpe de Estado que necesitó tres años para consolidarse. Y fracasan. Las autoridades depuestas retoman el control.

Desde entonces, la oposición dirigió sus esfuerzos a la realización del referendo revocatorio, que se celebró el domingo, después de superar numerosos obstáculos. Ante la inminencia de una votación, el gobierno decreta que el ingreso de la ventas del petróleo no se depositen en el Banco Central, como contempla la ley, sino que sean manejados directamente por el Ejecutivo. Comienza una campaña proselitista con dinero en efectivo, que dio resultados: Hugo Chávez revalida su cargo, pero el conteo de los votos no se realiza de manera transparente, lo que empaña su victoria y alienta a los que hablan de fraude: el escrutinio se realiza sólo por los rectores oficialistas del poder electoral, sin convocar a los otros miembros como establecía la reglamento. En horas de la madrugada se proclama como ganador a Chávez con 58% de los votos. Caracas amanece con resultados definitivos y tropas en la calle. Luego el Centro Carter y la OEA realizaron un muestreo de algunas máquinas de votación y certificaron el resultado.

Sin embargo, el conteo manual que podría anular cualquier denuncia, ya fue desestimado por las autoridades y los opositores no tienen una instancia judicial imparcial a donde acudir para que encause sus reclamos. Ante la ausencia de poderes independientes que controlen y diluyan el poder, las confrontaciones proseguirán en el quinto país productor de crudo del mundo.

 


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