Al fin ha llegado el momento del verano en el que los políticos descansan de verdad hasta que casi desaparecen de los telediarios y la España real se sumerge en su mundo real de las verbenas y otras fiestas de la Virgen de agosto en la calle, las imágenes de las competiciones olímpicas en el televisor del salón, las corridas de toros en las plazas de todas las categorías y los remojones en las playas y piscinas.
Ya llegará, demasiado pronto, el otoño en el que tendremos que discutir de nuevo y a la fuerza sobre las reformas de los Estatutos de Autonomía, el referéndum sobre la Constitución Europea, la distribución de los Presupuestos Generales del Estado, las consecuencias de la subida del petróleo, el alza de los tipos de interés, las aglomeraciones de tráfico en las ciudades, las nuevas reformas educativas, el matrimonio de los homosexuales, la investigación con células madre, la prohibición por parte de TVE de las corridas de toros, la telebasura y las vicisitudes de la Liga de fútbol.
Con semejante sombría agenda en nuestro futuro casi inmediato no es de extrañar que, a mitad del fin de semana más relajado y festivo del año, la gran mayoría de españoles nos dediquemos, al fin, a jugar de forma directa o aunque sea tan pasiva como la de sentarnos en el sofá a ver como juegan los atletas en Atenas. Por tres días podemos permitirnos el lujo de preocuparnos tan solo por el aumento en los accidentes de tráfico y el número de medallas que España se trae de estas olimpiadas. Mucho tenemos que divertirnos para llegar en buena forma a lo que nos espera cuando se acaben el veraneo y las fiestas.