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La culpa es de Bush
Ernesto Carratalá
04/08/2004
Tiene razón mi admirado colega, y sobre todo maestro, Carlos Carnicero. Si no le he entendido mal, en uno de sus últimos comentarios, aparecidos en diarioDirecto, habla del daño que el presidente de los Estados Unidos, George Bush, está haciendo al mundo metiéndole miedo con fines claramente electoralistas. Y si hablamos de miedo, hay que referirse al dinero, el mundo más miedoso allí donde los haya. Y cuando se habla de dinero, necesariamente hay que mirar al petróleo, el “oro negro”. Y sólo así podremos entender lo que está pasando cuando, dentro de unos días, tengamos que pagar la gasolina o el gasóleo que echamos en nuestro vehículo en una estación de servicio y veamos el “palo” que nos dan .
Puede parecer un análisis simplista pero se acerca mucho a la cruda realidad. ¿Es George Bush el culpable de la subida escandalosa del precio del petróleo?. Pues miren ustedes, si. Un si con mayúsculas. El presidente norteamericano ha decidido meter el miedo en el cuerpo con la idea de justificar su política belicista que empieza a ser cuestionada por amplios sectores de la sociedad estadounidense los cuales observan, con mucha preocupación, como sus hijos caen como chinches a manos de la resistencia iraquí.
A George Bush, que parece tener alguna neurona más que las que tienen los cerebros de sus asesores, no se le ha ocurrido otra idea que contrarrestar esta preocupación justificando la presencia de topas en Irak para evitar la “inestabilidad” en la zona y prevenir el terrorismo islámico. Y se queda tan pancho. Sus servicios secretos difunden informaciones sobre los futuros objetivos de Bin Laden y aseguran que en los Estados Unidos puede pasar lo que ocurrió en España. Una masacre para, según las tesis conservadoras, influir en las elecciones. Y se quedan tan panchos.
Aquí todos se quedan tan panchos con tal de arrimar el ascua a su sardina. Pero cometiendo semejantes imprudencias lo único que hacen es meter el miedo en el cuerpo no sólo a los ciudadanos de a pié del mundo mundial, sino, lo que es peor, a los que tienen mucho que decir en la producción, el dinero y las finanzas, en otras palabras: en la economía.
La lógica dice que, en tiempos de crisis, la gente acopia productos de primera necesidad por si estalla el conflicto. De eso, los españoles que hemos entrado en los cincuenta sabemos mucho. Nuestras madres, cuando surgía un vestigio de alarma, almacenaban grandes cantidades de aceite, garbanzos, lentejas, conservas y productos similares: “hijo no sabes el hambre que pasamos en la guerra”, es su argumento para llevar a cabo este tipo de iniciativas.
Ahora, los tiempos modernos requieren de otro tipo de almacenamientos. Los estados, cuando se encienden las luces de alarma, compran petróleo a lo bestia para incrementar las reservas. Y más cuando esos signos alarmantes proceden del primer país productor del producto requerido, en este caso Irak.
La escandalosa subida del precio del barril se debe a ese motivo. La OPEP, el cártel que controla los pozos, incrementó la producción de una manera insuficiente, tal y como se está comprobando. Los productores no dan abasto para atender la demanda. Estamos arreglados. La que se viene encima.
A Bush, imprudente y egoísta en un país egoísta por excelencia, le importa un pimiento las consecuencias del pánico que está generando. Quiere renovar mandato, lo que no pudo hacer su padre, cueste lo que cueste. Lo malo es que, de continuar por esa senda, se va a tirar otros cuatro años en la Casa Blanca intentando apagar los fuegos que su actitud va a provocar en la economía mundial.
Porque ese cernícalo todavía no se ha dado cuenta de que, en el capitalismo global que pusieron de moda los asesores económicos de presidentes como los que tuvo su padre o el recientemente fallecido Ronald Reagan, todos dependen de todos. Y si el crecimiento económico mundial se ve resentido por las barbaridades que ha cometido, cosa cada vez más que probable, su país lo acabará pagando como el que más.
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