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Home  Opinión  José Cavero
 
Emotividad ante el peñón

José Cavero

03/08/2004

De repente han saltado toda suerte de alarmas, y hasta de gritos, en la relación de España y Gran Bretaña por causa de Gibraltar. Alguno pudiera remontarse a las campañas antibritánicas de hace veinte o treinta años, originadas por la misma actitud de contumacia de Londres sobre el Peñón y su soberanía territorial. Y muchos ciudadanos se habrán hecho estos días la misma pregunta: ¿qué ha sucedido en los últimos meses, el último año acaso, para que se haya retrocedido a los tiempos de relación nula de Franco con los gobernantes británicos por causa de “la última colonia en suelo europeo”? Porque cualquiera recordará que, un año atrás, la amistad, el entendimiento y la buena relación personal de Aznar y Tony Blair hacían soñar a los españoles en, por lo menos, una soberanía compartida, y hasta en la conversión del territorio gibraltareño en una nueva ciudad española, con consideraciones y grado de autonomía política similares a las que se mantienen en Ceuta y Melilla.

Pero aquellos sueños de los años aznarianos hace tiempo que se esfumaron y se ha regresado a la dura realidad que siempre impusieron “los llanitos” o gibraltareños, que no es otra que la voluntad de los habitantes de La Roca. En nuestros días, como explica el corresponsal en la zona del diario La Vanguardia, vuelve a suceder lo que siempre sucedió: Que España deberá atenerse y acostumbrarse a que el Reino Unido y el Gobierno de Peter Caruana hagan en Gibraltar lo que les dé la gana”. Y que a España y a sus políticos gobernantes no les quede otro recurso que el pataleo ante las instituciones que prefieran: Las Naciones Unidas, o la Unión Europea, por igual. En ambas se insta a las partes a que negocien y lleguen a un acuerdo satisfactorio sobre una situación que es radicalmente insatisfactoria para los españoles, a quienes la actitud de Londres parece una sucesión de gestos inamistosos de dos países miembros de la UE. Mientras tanto, a los británicos les parece, sencillamente, que los españoles y sus dirigentes políticos hacen uso de un “lenguaje emocional” alejado de la frialdad y la racionalidad que debiera tener una negociación “seria” sobre el futuro de la Roca.

Una solución que, en todo caso, y para las autoridades británicas, deberá tener en cuenta, sobre todo, la voluntad de los habitantes de la colonia, que en la consulta que celebraron sobre la posibilidad de la cosoberanía, dejaron clara su voluntad radicalmente contraria. Es decir, deberá seguir en sus actuales condiciones. Y en todo caso, se recomienda desde Londres que los españoles abandonen cualquier esperanza de recuperación de esa esquina de la nación que les fue arrebatada hace tres siglos, y que alguna vez soñaron con recuperar como fruto de alguna negociación y de algún entendimiento entre los dos países que resuelven sus problemas en el seno de la Unión Europea. Ni recomendaciones y resoluciones de la ONU ni negociaciones en el seno de la Unión Europea, ni buena relación de amistad entre los dirigentes políticos que gobiernan Madrid y Londres. Nada servirá para modificar el estado de cosas iniciado en mil setecientos en tanto la población gibraltareña siga siendo la que determina qué es lo que más le interesa. Y, ciertamente, no se trata de actuar “como en Perejil”, como algunos llegan a sugerir.

OTR/PRESS

 


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