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El miedo como arma electoral
Carlos Carnicero
03/08/2004
El atentado que pulverizó las Torres Gemelas de Nueva York catapultó al presidente de los Estados Unidos a la cima de su popularidad porque el miedo que se apoderó de la población norteamericana buscó cobijo en la autoridad que pudiera defenderla. Ese miedo de una sociedad que nunca había pensado que podía ser atacada de forma tan inesperada y brutal permitió desarrollar el integrismo y el fundamentalismo del presidente norteamericano por caminos que eran inimaginables. Ahora, con las mentiras de la guerra de Irak al descubierto, con las torturas de los presos iraquíes y el retroceso de las libertades públicas, el presidente vuelve a recurrir al miedo para tratar de garantizar su reelección.
Faltan pocos meses para las elecciones norteamericanas que tienen una esencia fundamentalmente mediática. Los candidatos estudian al milímetro las encuestas cotidianas para satisfacer los impulsos instantáneos de los posibles votantes en una sociedad que ideológicamente es superficial. En ese hemisferio, las alarmas de atentados son una base psicológica de primer nivel si lo que se quiere ofrecer es la fuerza bruta como respuesta al peligro terrorista. Todos los indicios apuntan a que en los próximos meses el terrorismo va a ser la estrella electoral norteamericana y que los códigos de colores que tanto gustan a los norteamericanos se van a disparar para subir y bajar el termómetro de sus alertas. Y la población, acaparando agua mineral al mismo tiempo que los mercados financieros también sufren el pánico, tendrá la tentación de apoyar al gran guardián del universo que sólo sabe golpear pero no saber prevenir.
El mundo no es más seguro con George W. Bush sino todo lo contrario. El fundamentalismo encuentra nuevas justificaciones en las fotos de las torturas, en la presencia de los soldados en Irak y en las tropelías del Ejército de Israel. La administración norteamericana no trabaja para segar la hierba que permite crecer el terrorismo, sino que trata de cortarla cuando crece demasiado. Tal vez tengamos que empezar a pensar que el integrismo norteamericano, aliado a los grandes poderes financieros y empresariales, necesitan un enemigo para sentirse cómodo en su desarrollo. Tal vez haya que pensar que George W. Bush sin Osama Ben Laden no sea capaz de levantarse por la mañana porque lo necesita como estimulo y justificación de su propio fanatismo.
OTR/PRESS
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