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Solos

Rafael Torres


02/08/2004

La traición internacional de que fue víctima la república española en 1936, cuando las naciones amigas y aliadas, salvo México, la abandonaron en el trance terrible de la sublevación militar apoyada por Hitler y Mussolini, se repitió ocho años después en Polonia, cuando el pueblo de Varsovia, lo que quedaba de él tras casi cinco años de guerra, terror y deportaciones masivas, se levantó contra el invasor alemán confiado en la ayuda del Ejército Rojo, que ya pisaba los arrabales de la ciudad, y de las tropas angloamericanas, que avanzan desde junio imparables hacia Berlín. Cerca de doscientosmil varsovianos pagaron entonces con su vida el reparto de Europa que las inminentes vencedores de la II Guerra Mundial habían establecido tácitamente: Polonia sería para Stalin, y de ahí que durante los 63 días que duró la heroica insurrección, el Ejercito Rojo no movería un dedo para socorrer a los que prefería quebrantados, destruidos y rotos para proceder a "liberarlos" convenientemente. Inglaterra y Estados Unidos miraron, sin más, para otro lado.

Gerhard Schröder, en representación del pueblo alemán, acudió el domingo a Varsovia para pedir perdón a los polacos, en el 60º aniversario del suceso, por la apocalíptica vesanía de la Alemania de Hitler, que, sobre asesinar a 180.000 varsovianos una vez sofocada la insurrección, destruyó con fuego y explosivos, uno por uno todos los edificios y monumentos de la cuidad. Pero ni Putin, ni Blair, ni Bush estuvieron con él para excusarse ante los hijos y los nietos de aquellos víctimas del nazismo por no haber hecho nada por evitarlo. aquella gente varsoviana del 44, como la de Madrid del 36 se quedó, sola, pavorosamente sola, ante la violencia desencadenada contra sus vidas, y ambas vergüenzas, como tantas otras gravitarán para siempre en la conciencia narcotizada, siempre narcotizada de los que trazan el destino del mundo. Solos. Los españoles de entonces, los judíos polacos camino de los hornos, los varsovianos en su ciudad antes de ser pulverizada. Hasta hoy nos llegan los ecos desgarradores de su soledad.

OTR/PRESS
 


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