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Bush en el avispero
Antonio Casado
30/07/2004
Algunos analistas relacionan la amenaza del terrorismo islámico y el penoso estado de cosas en Oriente Próximo y Oriente Medio con los erróneos análisis europeos tras la caída del imperio otomano. Allí quedó la caótica trama de nacionalidades, religiones, fronteras, señores de la guerra, que aflora en Afganistán, Irak y la antigua Palestina.
Seguramente es así si nos remontamos en los antecedentes. Pero si nos ceñimos a los más inmediatos, cobra mucho sentido el análisis de Gustavo de Arístegui, uno de los más brillantes dirigentes del Partido Popular y, por supuesto, el más lúcido de sus expertos en materia de política exterior diputado del Partido Popular.
El diputado Arístegui no es sospechoso de antiamericanismo obsesivo o progresía trasnochada. En línea con la política oficial del PP, entiende y comparte el papel de gendarme mundial en nombre de las libertades y la democracia que se reservan los Estados Unidos como primera potencia planetaria. Pero eso no le impide señalar el gran error estratégico cometido por Bush y sus asesores en estas atormentadas tierras bíblicas.
Se refiere al hecho de haber actuado antes en Irak que en Palestina. “Sin resolver el problema de Oriente Próximo era una locura meterse en la aventura de la invasión de Irak. De haber resuelto antes el conflicto entre Israel y los palestinos, Estados Unidos hubiera entrado en Irak como Pedro por su casa”, dice Arístegui.
El objetivo norteamericano, en principio muy saludable, consistía en exportar las reglas del juego democrático a la zona –pasemos por alto, de momento, las mentiras de Irak-, pero es evidente que ese discurso se le ha venido encima a Bush. A poco más de tres meses de someterse a la prueba de las urnas en competencia con John Kerry, el balance de las aventuras de Bush en Oriente Medio y en Oriente Próximo no puede ser más luctuoso ni más desolador. Basta ver los telediarios para comprobar hasta qué punto reina el caos y el terrorismo en las dos regiones.
En el conflicto palestino parece cantada para más bien pronto que tarde la caída de Arafat, que siempre sintió el vértigo de la paz mientras que Sharon no hacía otra cosa que apuntalarle en ese sentido. La desaparición de Arafat sería al menos una estimulante novedad para intentar de nuevo la llamada hoja de ruta. Peor está lo de Irak, con un sangriento terrorismo cada vez más ramificado entre la añoranza de Sadam Hussein y el orgullo herido de nacionalistas y fundamentalistas islámicos por otro. La hidra tiene ya numerosas cabezas y el pesimismo se adueña de la comunidad internacional.
Una vez más hemos de reconocer que en buena hora decidió el Gobierno Zapatero retirarse de un conflicto donde a España no se le había perdido nada.
OTR/PRESS |
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