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La otra morosidad

Ernesto Carratalá

29/07/2004

Estamos de enhorabuena. El índice de morosidad bancaria sigue batiendo récords, por supuesto a la baja. Parece que bancos y cajas de ahorro están satisfechos porque los particulares pagamos aunque estemos con la soga al cuello económicamente hablando. Pagamos como podemos pero pagamos porque hay mucho miedo o respeto. Se saca el dinero de las piedras, si hace falta, pero se paga. ¿Todos? Pues mire usted, no. Porque morosos “habelos hailos”, tantos como “as meigas en Galicia”.

En el caso de la morosidad sucede lo mismo que con Hacienda. Que el pobrecito viandante dependiente de una nómina paga hasta la última peseta. A la Agencia Tributaria porque no le deja ni siquiera un pequeño margen de maniobra para llevar a cabo las “pequeñas sisas” de las que hablaba Borrell cuando era secretario de Estado de Hacienda. A los bancos porque, si se retrasa, ya se lo descontará de la nómina transferida.

Aquí, la banca siempre gana. Otra cosa diferente es cuando hablamos de empresas. Porque si el índice de morosidad bancaria bate mínimos históricos, el de la llamada “morosidad comercial” se eleva hasta límites insospechados y, al final, son las pequeñas y medianas empresas las que pagan los platos rotos de este fenómeno. El PP intentó poner coto al retraso de los pagos mercantiles. La Ley obliga a abonar a los proveedores los productos y servicios demandados en un plazo máximo de tres meses. Un plazo que todos incumplen. Las grandes superficies de distribución y las administraciones públicas saben mucho de este incumplimiento. En CEOE me dicen que las certificaciones de cobro de los ayuntamientos, comunidades y administración central cada vez sufren mayor retraso, lo que está provocando serios problemas sobre todo a los pequeños y medianos empresarios que, en la mayoría de las ocasiones, dependen de estos abonos para poder pagar a sus empleados o hacer frente a sus deudas, que las tienen, y que, como habitualmente son con bancos, pues ya se sabe. Que para eso tenemos el índice de morosidad más bajo de la historia de este país. Porque, esos también, son buenos pagadores.

Los pequeños y medianos empresarios se quedarán sin comer, pero a sus trabajadores y a los bancos que nos les falte de nada. Y es que aquí no vale eso de que “mira, no me han pagado a mí, y como no me han pagado yo no te puedo pagar”, que con las lentejas de los hijos de los trabajadores y el caviar de Beluga de los banqueros no se juega. Otro tanto de lo mismo ocurre con las grandes plataformas que se encargan de centralizar la distribución al por mayor para los grandes comercios, hipermercados y similares. Los ciudadanos se podrían preguntar porqué un televisor de la misma marca y modelo, por poner un ejemplo, es mucho mas barato si se adquiere en un “hiper” que en otra tienda minorista. La respuesta es sencilla. Este tipo de establecimientos trabajan con plataformas que negocian con los fabricantes y suministradores de productos a la baja, en ocasiones de una forma salvaje. Y a estos no les queda más remedio que aceptar el precio y las condiciones de venta si no quieren comerse con patatas las existencias de sus almacenes. Y entre esas condiciones de venta están los plazos de pago que, por supuesto, no son los que establece la Ley.

Al menos, en este sector, los proveedores saben que cobrarán en una fecha fija porque en el anteriormente expuesto, el que hace referencia a las administraciones, el “vuelva usted mañana a ver si hemos resuelto lo suyo” es la práctica habitual. Eso sí. El funcionario de turno ha sido enseñado para mostrar una amplia sonrisa, de oreja a oreja. Faltaría más, que para eso cobran incentivos a la productividad. Algo sigue sin funcionar en este país en lo que a los canales comerciales se refiere. Y no lo remedian ni las leyes ni las buenas voluntades por parte de todos para resolver estos problemas.

Lo peor es que, como alguien no tome cartas, y actúe con contundencia, en este asunto, el sistema económico se puede ir al garete. Es cuestión de cultura. Si no somos conscientes de que no se puede sostener indefinidamente un sistema que vive de forma artificial, acabaremos por hundirnos todos.
 


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