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Miserias del deporte

Fernando Bernácer

27/07/2004

Tras siglos y siglos en la historia del deporte ha quedado claro que lo importante no es sólo participar. Ahora sólo vale la victoria, el triunfo, el primer puesto en unas pruebas devaluadas por la presencia de factores en los que el esfuerzo físico, el sacrificio o la constancia se han visto sustituidos por otros como el marketing, la moda o el Poderoso Caballero, siempre dispuesto a destruir las causas más nobles. Una reflexión que se antoja necesaria al escuchar los comentarios sobre el hexacampeón del Tour de Francia. Aunque Lance Amstrong tenga sobre sus espaldas colgada una etiqueta cosida con las opiniones de los medios deportivos más prestigiosos del mundo, no es el mejor ciclista de todos los tiempos. No puede ser considerado así quien sólo corre una prueba al año, quien no conoce competencia dentro de la especialidad o incluso quien cuenta con el conchabamiento de otros corredores, como el italiano Basso y todo su equipo, a los que les valía con el segundo puesto en la ronda de este año. El resultado es evidente: la pérdida de interés. Menos espectadores en televisión en un deporte bajo la sombra del dopaje, que siempre quebranta el espectáculo de observar al ser humano al límite de sus propias posibilidades. Algo que, para ser justo, se tendría que valorar en el propio Amstrong, capaz de sobreponerse a un cáncer para seguir siendo campeón. Ya cerca están las Olimpiadas de Atenas, ”las mejores olimpiadas de la Historia”, según nos intenta vender la televisión pública, concesionaria de los derechos de emisión. Otra cita devaluada por los casos de doping en atletismo o por la amenaza terrorista que va a hacer que la capital griega sea una ciudad blindada. La inminencia del comienzo de la temporada en la Primera División de fútbol también supondrá un riesgo en el seguimiento de la que antes era la cita deportiva más importante cada cuatro años.

El fútbol también comienza a presentar evidentes signos de desgaste. Se olvida que fue concebido como una actividad deportiva que servía para encontrar a los vecinos de dos localidades próximas en torno a 22 hombres y un elemento esférico. El Real Madrid ha vuelto a rechazar los fichajes útiles aunque extra-mediáticos y sólo se ha reforzado con un central y un delantero para ser suplente, el toledano Fernando Morientes. Al igual que el F.C Barcelona de Ronaldinho, ambos equipos surcarán los mares en próximos días en una gira asiática con fines pecuniarios y extra-deportivos. La factura física a final de temporada puede ser elevada. El Madrid lo sabe, pero no aprende, y el Barça no le va a la zaga.

No hay mucha emoción tampoco en los deportes de motor. Sólo el descaro de pilotos como Dani Pedrosa, que va camino de ganar el Mundial en 250 centímetros cúbicos en el primer año que disputa esta competición, o la espectacularidad en las salidas de Fernando Alonso, en Fórmula 1, dejan algo de emoción en dos especialidades en las que la máquina ha vencido al hombre y es el poder de las escuderías y la capacidad de sus ingenieros la que condiciona los resultados finales. Con honrosas excepciones, como la del piloto italiano Valentino Rossi, que cambió de equipo a otro inferior para comprobar si realmente era tan bueno sobre el manillar de una moto peor.

Salvo estas excepciones, las otras constituyen las pautas de la realidad del deporte actual. Las pruebas han dejado de ser un combate de fuerza e ingenio para convertirse en una disputa estratégica de complejas maquinarias cuyo engrase depende de cantidades mil millonarias. Algo que hace que ningún deportista se dirija a otro antes de una prueba para desearle suerte y decir aquella frase más propia de otros tiempos: ”que gane el mejor”.

 


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